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El subibaja argentino y el mito de los “modelos” de país en pugna

Jorge Ossona

La Argentina primordialmente agropecuaria transcurrió durante un período de excepción que solo duró cuarenta años. A diferencia de un relato sedimentado por vertientes ideológicas que abarcan desde el revisionismo histórico hasta algunos puntos de vista desarrollistas, el país no había sido diseñado para producir exclusivamente commodities alimentarias. Si al compás de la construcción del Estado y de la llegada de la gente y los trenes nos colocamos en óptimas condiciones para responder a esa demanda por la Europa industrial, los proyectistas no mentaron ningún “modelo agroexportador”. Su actitud fue adecuarse a la dinámica de nuestra problemática situación en el comercio mundial, disposición que sus sucesores fueron extraviando.

Las cosas cambiaron desde la Gran Depresión de 1930, cuando esos mercados cerraron aquella coyuntura excepcional. El resultado fue el malentendido en el que se sumió nuestra elite dirigente frente a los avatares del siglo XX. Desde entonces, la escasez de divisas constituye el problema endémico de la economía argentina. Por caso, el éxito de la industrialización protegida como dispositivo preventivo de la recesión durante los críticos 30 y la primera mitad de los 40 escondía una trampa.

En tanto se abrazara un autarquismo miope respecto de las limitaciones de nuestra demografía y de la carencia de materias primas estratégicas como el hierro y el carbón, podíamos encallar en un conflicto distributivo de contornos socioculturales complejos. Los hechos fueron finalmente en esa dirección, motivando el empate crónico entre el sector agropecuario productor de bienes-salarios y de divisas, y el urbano dependiente de un Estado forzado a protegerlo para evitar la desintegración social. El síndrome inflacionario comenzado hacia fines de los 40 fue solo la fiebre de esa enfermedad profunda y difícil de diagnosticar.

En 1959 se levantó el “cepo” cambiario inaugurado en 1931, procurando sincerar las cuentas públicas mediante una libre flotación que derivó en una devaluación sin precedente desde 1890. Fue la condición necesaria para el retorno de las inversiones extranjeras en las ramas industriales básicas. Pero la multitudinaria alianza urbana con epicentro en el GBA se lanzó a reducir corporativamente la transferencia hacia el sector exportador mediante aumentos salariales compensatorios. El proteccionismo, ya no cambiario sino arancelario, luego normalizaba el conflicto social conforme los industriales descargaban el incremento salarial sobre los precios en un mercado interno cerrado a la competencia.

Durante los veinte años siguientes, esas torsiones –atenuadas merced a un crecimiento más o menos continuo y diversificado entre 1964 y 1974– alimentaron la volatilidad cíclica de la economía, y el subibaja devino un programa tácito de secuencias recurrentes. Los intereses organizados en torno de la sustitución de importaciones determinaron salarios que velozmente se consumían los excedentes exportadores haciendo crujir los planes estabilizadores de los sucesivos gobiernos.

En un mundo que desde 1944 y hasta 1971 había restaurado el patrón oro ajustado al dólar, el Estado argentino fracasó en garantizar salarios y tipos de cambio dentro de una franja que no comprometiera ni la integridad social ni el suministro externo de sus bases materiales. Cada devaluación generaba una recesión interna políticamente insostenible y cada aumento salarial terminaba impactando en una tasa de inflación promedio del 30% anual. La debilidad política de los gobiernos posperonistas –incluido el del propio justicialismo restaurado entre 1973 y 1976– retroalimentaba la debilidad fiscal a raíz de los sucesivos regímenes promocionales para impulsar el desarrollo. Se trató, entonces, de un déficit autoinfligido desproporcionado respecto del crecimiento “planificado”.

No obstante, los desequilibrios macroeconómicos se corregían mediante recursos predominantemente internos. Pero la irregularidad atizó, en cada vuelta de tuerca, el autoritarismo político espiralando la violencia social y espantando el flujo de inversiones. Cuando el ordenamiento internacional de posguerra exhibió signos de estrés hacia principios de los 70, la valorización financiera de los capitales generó la irrefrenable tentación de los gobiernos de financiarse mediante el endeudamiento externo. Pero como el crecimiento marchó a su retaguardia lo convirtió en un salvavidas se plomo.

Para conjurar la situación, se sucedieron macrodevaluaciones insuficientes para paliar la penuria fiscal plasmada en una inflación que nunca descendió, hasta 1991, del 100% anual. La montaña rusa adquirió, así, una nueva secuencialidad más deletérea que la anterior. El largo ciclo recesivo entre 1975 y 1991 tuvo, a su vez, impactos letales sobre muchas ramas industriales protegidas, con la saga de desempleo, informalidad y empobrecimiento social. Fue una de las paradojas de la democracia instaurada en 1983: la más sólida de nuestra historia, pero con problemas económicos que causaban exclusión social. La prolongada recesión fue sucedida por dos etapas de crecimiento entre 1991 y 1998 y entre 2002 y 2011, intermediadas por una profunda depresión a caballo entre el fin del siglo XX y principios del XXI, con minicrisis entre 1995 y 1996 y entre 2008 y 2010. Es posible hasta resumir ese ciclo en uno “largo” signado por el efecto “montaña rusa” entre 1991 y 2011. Desde 2012 y hasta nuestros días transitamos por otro período prolongado de postración, cuyas consecuencias son perceptibles en nuestro alucinante acontecer cotidiano.

La Argentina actual constituye, así, una paradoja que desconcierta al mundo e incluso a una región que ha aprendido a impermeabilizar a la macroeconomía respecto de la política. Nuestras pulsiones igualitarias se han reducido a preservar la subsistencia cotidiana de casi un 20% de la población mientras que una porción equivalente bascula entre la inclusión y el derrape en la pobreza. Paradoja correlativa a otra anomalía: a diferencia del período entre la crisis de 1930 y el fin de la Guerra Fría, el ordenamiento global se exhibe nuevamente generoso respecto de nuestro potencial económico agropecuario e industrial, minero, energético y tecnológico.

La clave consiste en hallar un equilibrio que enganche el despliegue en los mercados internacionales con la remisión de dos terceras partes de los excluidos y la integración de los hijos del tercio irreductible. Sin duda, una obra de ingeniería económica, social y política de desafíos indiscernibles de aquella que atrajo a millones de inmigrantes a fines del siglo XIX, capaz de ponerle coto al exasperante subibaja. Y su correlato imaginario binario de “modelos de país”, cuyo bloqueo recíproco exhibe su inviabilidad y la indispensable necesidad de erradicar su construcción intelectual.

publicado en La Nación, 5/9/2023

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