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¿Es Milei el hombre de genio soñado por Borges o un nuevo farsante?

Jaime Correas

“¿Cómo actúa la ficción en la realidad? ¿Dónde la buscamos a la ficción en la realidad? Porque si ustedes me permiten una traducción, es lo que Gramsci llamaba Hegemonía ¿no?… Valery tiene una frase lindísima, dice: ‘No se pude gobernar con la pura coerción, hacen falta fuerzas ficticias’. Hay que crear un consenso.

Por lo tanto, hay que construir utopías, ficciones, ilusiones, cuestiones. Macedonio y Borges empezaron a hacer eso, empezaron a buscar eso, a percibir cómo eso funciona. Y Borges trabajó muy bien con lo que él llama Ficción, es decir, constituyó ese espacio y la ficción no es verdadera ni falsa.”

Ricardo Piglia, en la primera clase televisiva “Borges por Piglia”

Cada vez se recuerdan menos las enseñanzas de las abuelas, en medio de una ingenua superstición de lo nuevo. Y eso empobrece la experiencia humana. Mi abuela Angéle me enseñó un día que es conveniente leer muchas novelas. “Es el único modo de vivir muchas vidas a la vez”, sentenció y esa frase me quedó grabada para siempre. La conclusión es simple: la experiencia humana se enriquece con experiencias que no necesariamente suceden en lo fáctico, en el mundo de los hechos. También los relatos que circulan en nuestras cabezas inciden en la historia y en nuestro destino. No sólo lo realmente vivido, sino también lo que suele llamarse sin más “experiencias”, que se alimentan de vidas ajenas, reales y ficticias, de relatos, de ficciones, de leyendas, de palabras que en las cabezas de cada uno pasan a ser hechos. La operación es extraña, pero ha sido bien analizada en una de sus múltiples lecciones literarias por Ricardo Piglia.

Una fuente de aguda reflexión sobre esta temática está en las cuatro clases difundidas televisivamente como “Borges por Piglia”. Fueron grabadas en el canal estatal a instancias de Horacio González cuando dirigía la

Biblioteca Nacional. Allí, en cuatro videos que se pueden rastrear en internet, el autor de “Respiración artificial” deja planteado “su” Borges, pero también reflexiona sobre aspectos filosóficos, literarios, sociales y políticos en los cuales el mundo borgeano se sumerge.

En la primera de sus clases, Piglia expone una idea interesantísima: “Otro ejemplo les voy a dar de otro escritor que yo admiro muchísimo: Philip Dick. Philip Dick, el de Blade Runner para poner… las películas siempre nos ayudan ¿no? Él tiene una novela extraordinaria que se llama ‘El hombre en el castillo’. Una novela del año 61. Él había leído (el cuento) ‘Tlön, Uqbar, Orbis Tertius’ (de Borges) en una revista de ciencia ficción perdida por ahí. En ‘El hombre en el castillo’ la novela empieza… los nazis ganaron la guerra.

Entonces los nazis ganaron la guerra, Estados Unidos está ocupado por el Japón. En Europa están los nazis, en Estados Unidos están los japoneses que imponen un tipo de vida muy particular. Por ejemplo para hacer cualquier cosa la gente tiene que leer el I Ching… es lindísima la novela ¿no? Los norteamericanos están totalmente sometidos por los japoneses… este, el horror ¿no? Cómo sería la vida si los nazis hubieran ganado la guerra. Está todo así y de pronto empiezan a hablar de una novela que hay, de un tipo que está en un castillo escondido y se habla de esa novela que es una novela prohibida que no se puede ni siquiera nombrar. ¿De qué trata esa novela? Esa novela es una novela de ciencia ficción cuyo tema es: los nazis perdieron la guerra. Entonces la novela de ciencia ficción cuenta una historia totalmente fantástica que consiste en que los nazis perdieron la guerra, los rusos entraron primero en Berlín, Norteamérica es un país libre. Bueno, eso es Tlön. Es decir, que la realidad ficcional es la realidad… ustedes pueden sacar la conclusión que sea ¿no? Pero es este juego entre algo escrito, una ficción que produce un efecto en la realidad. Eso no es que Borges lo haya inventado… nadie inventa nada… no es que Borges haya inventado todo. Borges llevó eso a la perfección. Y la perfección es Tlön.”

“Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” es uno de los cuentos esenciales de Jorge Luis Borges. Tiene incluso una sutileza en su construcción que por desgracia se ha perdido con el transcurso del tiempo para quien no conoce la historia del texto. Publicado por primera vez en la revista Sur en 1940 y ese mismo año en la “Antología de la literatura fantástica”, que compuso con sus amigos Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, el cuento lleva una “Posdata de 1947” . Allí afirma que reproduce “el artículo” tal como apareció en esa antología de 1940. Con lo cual hace un insólito juego de espejos con el tiempo, pues refiere en 1940 a un texto futuro que todavía no había sido escrito. Ese efecto se perdió luego de 1947, cuando todo quedó alojado en el pasado, pero los lectores contemporáneos al relato deben haberse sorprendido de ese mensaje proveniente de un tiempo todavía inexistente.

El muy recomendable texto de Borges cuenta la historia de un hallazgo que hace su amigo Bioy Casares.

Detecta en una rara enciclopedia una geografía inhallable, un mundo nuevo, lleno de complejidades y asombros. Pero el artículo no figura en otros ejemplares de la misma obra. Se pregunta el narrador:

“¿Quiénes inventaron a Tlön? El plural es inevitable, porque la hipótesis de un solo inventor -de un infinito Leibniz obrando en la tiniebla y en la modestia- ha sido descartada unánimemente. Se conjetura que este brave new world es obra de una sociedad secreta de astrónomos, de biólogos, de ingenieros, de metafísicos, de poetas, de químicos, de algebristas, de moralistas, de pintores, de geómetras… dirigidos por un oscuro hombre de genio. Abundan individuos que dominan esas disciplinas diversas, pero no los capaces de invención y menos los capaces de subordinar la invención a un riguroso plan sistemático. Ese plan es tan vasto que la contribución de cada escritor es infinitesimal. Al principio se creyó que Tlön era un mero caos, una irresponsable licencia de la imaginación; ahora se sabe que es un cosmos y las íntimas leyes que lo rigen han sido formuladas, siquiera en modo provisional… Las revistas populares han divulgado, con perdonable exceso, la zoología y la topografía de Tlön; yo pienso que sus tigres transparentes y sus torres de sangre no merecen, tal vez, la continua atención de todos los hombres. Yo me atrevo a pedir unos minutos para su concepto del universo”.

La inquietud surge cuando el propio Borges, como narrador, revela que se ha cruzado a través de su padre con un habitante de ese mundo paralelo, que parecía hasta ese instante sólo una descripción de libro. Uno de los representantes de esa sociedad secreta ha estado en contacto con él. Suceden hechos que van a incidir en la realidad del propio Borges como personaje de su ficción. Y es allí donde surge la operación mágica de esa ficción colándose en la realidad, tal como imaginaba mi abuela Angéle.

La Argentina ha vivido por un período largo en los humos de una concepción corporativa del orden social.

Adoptó como adecuado y deseable ese modelo para la vida nacional. Imaginó momentos de gloria, que hoy se ven lejanos y a veces algo tramposos, pero en el fin del trayecto aguardaba el país decadente actual, donde casi todo salió mal. Hay quien considera que es debido justamente a esa concepción donde los intereses de grupo han modelado la vida social y han llevado al infierno de mal funcionamiento que en estos momentos está en tela de juicio. Los grupos corporativos se han impuesto al bien común. Los ciudadanos son las víctimas. Si ese diagnóstico es cierto se puede leer la irrupción del actual presidente Javier Milei como una reacción para desarticular el fondo de ese modelo perverso y fallido. Lo está intentando con su estilo y sus características, que son muy agradables para una porción de la población hoy mayoritaria, e inaceptables para el resto. Por momentos la sociedad se parece a la descripta por Borges, como si hubiera dimensiones que no se tocan, aunque parecen compartir escenarios y expectativas.

Si se lee con atención la descripción borgeana ese nuevo cosmos alumbrado es complejo y requiere de diversas visiones y acciones. Un ejército de voluntades y conocimientos está dirigido por un “oscuro hombre de genio”. La sociedad argentina siempre ha sido proclive a esa figura providencial y redentora, pero se ha frustrado porque en general quienes han ocupado ese lugar han jugado a perpetuarse, nunca a construir un país que funcione. Porque, por ejemplo, una cosa es ser un defensor de la “educación pública” en el discurso y otra hacer las acciones que consigan tener una sistema educativo de calidad. Los años de kirchnerismo son patentes en eso, mientras se postulaba esa defensa consiguieron que cada vez menos chicos aprendieran a leer correctamente y a entender. Es lo que en medicina se llama “efecto paradojal”. Se proporciona un remedio para un mal y se consigue el efecto contrario. Un analgésico que intensifica el dolor o un sedante que exalta más al paciente. Otro ejemplo, una cosa es postular que el mercado soluciona todos los males de la vida en sociedad y otra que eso suceda. Para prevenir esto Borges imagina que el conductor es secundado por una “sociedad secreta de astrónomos, de biólogos, de ingenieros, de metafísicos, de poetas, de químicos, de algebristas, de moralistas, de pintores, de geómetras…” Basta escuchar a un poeta citado al principio, Paul Valery: “No se pude gobernar con la pura coerción, hacen falta fuerzas ficticias”. Y luego completa Piglia para encuadrar su alusión: “Hay que crear un consenso. Por lo tanto, hay que construir utopías, ficciones, ilusiones, cuestiones.”

Ese consenso en los populismos es mentiroso, es sólo para conservar el poder: crear la épica de la defensa de la educación pública mientras las evidencias muestran que se la está demoliendo. Y esconderlo con relato. En una democracia republicana se crea consenso para mejorar lo que funciona mal. La prueba de fuego entre una y otra de estas concepciones es el resultado. En el populismo es verbal y tiene un objeto subalterno, que es la posesión y disfrute del poder. Argentina sabe de eso y de la repartija para lograrlo, que hoy se está pagando con sangre, sudor y lágrimas. Milei parece plantear lo contrario. Postula que ese esfuerzo sirva para el cambio estructural y que ya el entramado corporativo no haga que todo funcione mal sin que nadie sea responsable. Es como un barco que se hunde porque los marineros sacan agua con un balde y la meten con otro, creyendo que de ese modo se salvan porque se benefician. Esta es la historia nacional y los anteriores a Milei, con más y con menos, fueron por ese camino. Ninguno se animó a tocar el andamiaje corporativo que tan trabajosamente se construyó y que el estudio de Federico Sturzenegger y un enorme equipo dejó a la vista. Lo nuevo es que Milei lo está haciendo pero de un modo que a veces despierta muchas sospechas de que esté bien encaminado. Sus defensores acérrimos argumentan que todo el ímpetu debe estar hoy en encaminar la economía que iba al abismo hiperinflacionario. Ya vendrá el tiempo de la construcción de lo nuevo en otros planos. Muchos, que quieren colaborar aunque más no sea por espanto a lo que había y todavía hay, no terminan de entender la necesidad de dilatar. Sobre todo porque una cosa es postular el cambio y otra hacer acciones que lo produzcan. Las corporaciones beneficiarias de que todo siga igual apuestan al fracaso y tienen poder de fuego, aunque están, por primera vez, desorientados. La pregunta que muchos se hacen es si, en términos de Tlön, Javier Milei es “ese oscuro hombre de genio” soñado por Borges. Las apariencias y sus yerros por momentos hacen pensar a algunos que no. Pero las apariencias engañan. Y eso genera incertidumbre. Hay antecedentes todavía frescos de que quienes venían a cambiar eran meros farsantes. Los ejemplos recientes son obvios y se sabe que las quemaduras lácteas producen desconsolados llantos. Milei es aún un enigma, una suerte de Tlön que hay que desentrañar.

publicado en Mendoza Post, 24/3/2024

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