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Guillermo Francos, el desconocimiento político de Javier Milei y sus varios récords negativos

Marcos Novaro

Javier Milei es un gran comunicador y no es ni será nunca, seguramente, un buen administrador, ni un hábil negociador y tejedor de acuerdos.

Eso en sí mismo no es impedimento para que ejerza la presidencia medianamente bien. Solo necesita saber delegar las funciones administrativas y de negociación en un equipo adecuado.

¿Avanza en esa dirección?

Algo tarde, pero sí, un poco avanza: está pasando de un equipo inicial, armado a las apuradas, muy pequeño y precario, casi sin experiencia y además dependiente de sus relaciones de amistad y de los blasones ganados en la campaña, a otro tal vez no tan precario ni acotado, y más ajustado a los problemas a resolver en la gestión de gobierno.

Pero eso no es todo lo que tiene que hacer: también hay funciones políticas que el presidente no puede delegar, que necesariamente debe ejercer él mismo porque si no, quedan vacantes. A Milei, esos roles pueden “complicársele”, y hasta puede “ignorarlos” por ser un neófito, como confesó candorosamente el nuevo Jefe de Gabinete, pero no puede rechazarlos, que es lo que hasta ahora viene haciendo.

Para poner algunos ejemplos: el presidente puede delegar las conversaciones con gobernadores, jefes de otros partidos o bloques parlamentarios en sus funcionarios y operadores, en el territorio y el Congreso; pero tarde o temprano tendrá que intervenir para reconocer, en forma personal y directa, a interlocutores privilegiados, y crear confianza y lazos duraderos con ellos; distinguiendo, por caso, entre los que más lo pueden ayudar y los que siempre se le van a oponer. Sin embargo, Milei no lo ha hecho, ni da señales de querer hacerlo en el futuro. Al contrario, suele tratar peor y con más distancia a los más afines que a los enemigos acérrimos.

Y por este camino está a punto de lograr todo un récord en materia de aislamiento político: no haberse reunido, en seis meses de gestión, con un solo mandatario provincial, salvo algunos cruces casuales y brevísimos, que no cuentan; ni tener contacto directo con ningún otro jefe partidario, dado que incluso se ha negado a encontrarse con Mauricio Macri, el líder de facción que más entusiasmo está poniendo en ayudarlo, y al que pretende devorarle los votos, los candidatos, los dirigentes, y la misma razón de ser.

Milei y la distancia monárquica

Al establecer esta suerte de distancia monárquica entre él y los demás sigue el mal ejemplo de Cristina Kirchner, que siempre que pudo ignoró al prójimo, no solo a los gobernadores y dirigentes de otros partidos, incluso a los de su propia fuerza. Pero Cristina podía actuar así, y no pagar grandes costos, porque tenía detrás la estructura del peronismo, así que la distancia no se convertía necesariamente en autismo. En el caso de Milei, los costos van a ser mucho mayores. A menos que su gestión económica tenga un éxito tan arrollador que todas estas menudencias y brutalidades queden rápidamente en el olvido. Algo que es más bien difícil que suceda.

¿Cómo, con estos métodos, podía esperar que el Pacto de Mayo prosperara? Claro, acostumbrado ya a presentar fracasos como ocasiones ventajosas para que opere el principio de revelación, y descalificar a sus adversarios, concretó de todos modos su Acto de Mayo, y lo aprovechó para lanzar el Consejo de Mayo. Pero las chances de seguir sacando conejos de la galera con el sufijo “de Mayo” se acabaron. Y nada va a resultar de ese famoso consejo, que nació aún más débil que varios de sus más penosos predecesores: como la “mesa del hambre” de Alberto y las “mesas de diálogo” que convocara Cristina infinidad de veces. Demasiado cartel, en todos los casos, para presidentes que no hablaban con nadie más que con sus adictos.

Mientras tanto, sigue corriendo el reloj para otro récord mileista: no haber conseguido una sola ley en medio año de mandato. Y acá sí que cabe sopesar los méritos de Francos, de Luis Caputo y del resto de los gestores del gobierno libertario. Porque sin duda ellos aprendieron del fracaso inicial, y están actuando con mucha más prudencia y razonabilidad. Pero puede que no alcance: no tanto para completar el trámite parlamentario, como para hacer realidad esas reformas a través de la gestión del aparato estatal.

Con la ley de Bases original, Milei y Sturzenegger pretendieron traducir el triunfo electoral del ´23 en una victoria legislativa inapelable y definitiva sobre “la casta” y el statu quo, convertir un gol de oro a favor de su programa reformista, que ya nada ni nadie pudiera revertir ni objetar en el futuro. Era tomar demasiado riesgo detrás de un objetivo demasiado ambicioso, o al menos lo era si no se estaba dispuesto a ceder en temas menores o secundarios, y otorgar compensaciones a cambio de los apoyos necesarios. Como eso no se hizo, se perdió en forma igualmente inapelable esa primera batalla, se perdieron también varios meses muy valiosos de la luna de miel, y se dio ocasión para que los opositores más duros recuperaran algo del aire extraviado con su trastazo electoral. El segundo intento ha sido mucho más modesto, aunque todavía contiene innovaciones suficientemente amplias como para darle muchísimo trabajo para hacer, a todos los ministros mileistas, por los próximos 3 años y medio. La pregunta que ellos y Milei deberían plantearse no es tanto cuánto han sacrificado por el camino, en términos de innovaciones inicialmente imaginadas, si no cuánto de lo que se convierta en ley esos funcionarios van a poder a su vez convertir en políticas y reformas concretas. Y cuánto involucramiento hará falta de parte del presidente para que una porción respetable se cumpla. Va a complicárseles, seguro, pero no van a poder decir que ignoraban la complejidad del desafío, o que la culpa es toda de los demás.

publicado en TN, 28/5/2024

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