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Espectáculo y política

Jaime Durán Barba

Lo que determina la evolución de la política es el cambio de la comunicación que produce el desarrollo de la tecnología. Varios líderes elegidos después de la pandemia no existirían sin las redes sociales y la internet. Los antiguos conceptos de la política quedaron obsoletos por la aparición de una comunicación movida por sentimientos y sensaciones que se transmiten con imágenes y otras herramientas propias de la red.

En esa realidad, el periódico Harrisburg Pennsylvanian aplicó en Delaware, en 1824, la primera encuesta política que se conoce. Después otros medios y la revista Literary Digest aplicaron encuestas semejantes que acertaron en sus predicciones. Sus técnicas eran rudimentarias: repartían millones de cupones con las preguntas, contaban los que volvían con una respuesta y proclamaban al triunfador. Funcionaron porque se aplicaron a gente congelada por falta de información.

Al mismo tiempo era muy pequeño: la mayoría conocía a lo largo de su vida a pocos seres humanos que compartían sus mitos. No se escuchaba música sino en el servicio religioso semanal. La mayoría de la humanidad era analfabeta. Los electores votaban influidos  por su familia y sus vecinos. La mayoría lo hacía por el mismo partido toda la vida.

En las primeras décadas del siglo XX la difusión de la radio cambió la situación. De pronto fue posible escuchar la voz de los candidatos, conmoverse por su entonación, por los gritos de sus seguidores, imaginar interpretando sonidos, lo que ocurría en otros sitios. La música pasó a ocupar un lugar importante en la vida de la gente. Los automóviles y otros medios de transporte permitieron que la gente se desplace y conozca a personas distintas.

En 1936, la revista Literary Digest aplicó su última encuesta anunciando el triunfo de Alf Landon, sobre Franklin D. Roosevelt, quien obtuvo un triunfo arrollador. En esos mismos años un estudiante de ciencias exactas, George Gallup, aplicó la primera encuesta que usaba una muestra elaborada científicamente y acertó en sus predicciones. Para analizar lo que hacían los electores más informados, se necesitaban técnicas más sofisticadas. Empresas como la de Gallup y la de Elmo Ropper se posicionaron con credibilidad  en el mercado norteamericano.

A fines de la década de 1920 apareció la televisión, un nuevo elemento que hacía más volátiles las preferencias de los electores. En 1948 todas las encuestadoras profesionales se equivocaron anunciando el triunfo de Thomas E. Dewey sobre Harry S. Truman.

La televisión transformó la política. En 1960 la campaña de Kennedy inauguró la era de la imagen que se impuso sobre la voz, y las concentraciones en las plazas. Los líderes de la radio, Hitler, Getulio Vargas, Perón, Velasco Ibarra, Haya de la Torre, motivaban a sus partidarios con su oratoria, estandartes, bombos, banderas. Organizaban  espectáculos en vivo con miles de actores.

Paulatinamente la televisión cambió las normas del juego. Mientras el antiguo orador elevaba la voz, arrastrando las vocales, para que lo escuchen quienes estaban más lejos, la televisión se instaló en la casa de la gente, y los líderes tuvieron que aprender a conversar.

El primer debate televisado de la historia entre Kennedy y Nixon evidenció el triunfo de la imagen sobre las palabras. El estratega de Kennedy fue Joseph Napolitan, quien acuñó el concepto de “consultor político” y estableció que, después del candidato, lo único que importa para ganar los comicios es tener una buena estrategia electoral. Reconocido por sus pares como el mejor, asesoró a unas dos docenas de candidatos como Johnson, Humphrey, Carlos Andrés Perez, Oscar Arias, Valéry Giscard d’Estaing, Ferdinand Marcos y Gaafar Nimeiri. En el nuevo espectáculo, no importaban demasiado las palabras y los conceptos, las elecciones se ganaban con imágenes.

En el siglo XX, a partir de la difusión de los métodos anticonceptivos y la penicilina, se transformaron la sexualidad, la familia, el papel de la mujer y el aprendizaje de las normas del poder. Pasamos de un padre al que se reverenciaba, a un amigo al que se puede cuestionar, del general Perón y el doctor Velasco Ibarra a Cristina, Mauricio o Milei. Nada funciona como hace cincuenta años.

La mayoría de la gente vive, conectada con su celular, en  una realidad incompatible con el discurso del siglo pasado, tanto en el fondo como en la forma. Es anacrónico organizar campañas como las de los caudillos de la radio, movilizando partidarios o pronunciando discursos épicos que incitaban a dar la vida por las ideologías. Los occidentales no quieren morir por ninguna causa, buscan placer.

Agoniza la política clientelar en la que los políticos manejaban a los electores con el “aparato”, una red obediente de empleos, favores, regalos. Los ciudadanos son individualistas, prefieren no depender de dirigentes que reparten planes, ni les gusta ser representados.

Tienen fuentes de información que les permiten liberarse de la tutela de la familia, los maestros, los intelectuales, los curas y los medios de comunicación. Hay pocos analfabetos y muchos pasan por aulas universitarias. Todos conversan entre sí, intercambian experiencias, imágenes, juegos, memes, y mucha información. También difunden la basura que hay en la red.

La mayoría conversa sobre juegos, sexo, espectáculo, música, muy pocos sobre política. Cuando se les pregunta sobre temas nacionales expresan opiniones superficiales que pueden variar fácilmente. El 70% puede mencionar los nombres de cinco jugadores de fútbol, pero ni el 20% sabe los nombres de cinco ministros. Cerca del 80% de electores de menos de 30 años dice que no le interesa la política, ni las ideologías, ni los programas de gobierno.

El votante se mueve por sentimientos positivos y negativos, sueños, ilusiones e imágenes, pero no es manipulable. Es más independiente que los sumisos electores del pasado.

Después de la pandemia se exacerbó la necesidad de un cambio en cualquier dirección. Los electores buscan líderes diferentes a los “políticos de siempre”, y tienen éxito los Trump, AMLO, Bolsonaro, Castillo, Boric, Petro. En ese contexto aparece Javier Milei como un fenómeno internacional de la comunicación política. 

Milei no hace actos políticos, ni inauguraciones porque tiene poco que inaugurar. Tampoco lleva camiones de militantes pagados para que lo aplaudan, no tiene una estructura que lo respalde. Desde que inició su campaña, protagoniza una comunicación moderna, el espectáculo  que mucha gente demanda.

Durante la campaña, critiqué en esta misma columna a dirigentes de otro partido que hacían un concurso de programas de gobierno para elegir a sus candidatos, querían celebrar en locales austeros, sin globitos, sin luz, sin alegría, para que los militantes reflexionen contritos sobre la situación del país, y recuperen los valores tradicionales del ahorro y del trabajo. Les fue mal.

Milei tiene el valor de la autenticidad. Es él mismo. Este es un valor presente en la mayoría de los nuevos líderes. Las concentraciones de los libertarios son alegres, dinámicas, él mismo tiene un lenguaje corporal que contagia entusiasmo.  Milei, más que hablar con amargura del pasado, comunica una ilusión.

El show del Luna Park tuvo un inicio brillante cuando interpretó su canción y después aburrió con una conversación sobre economía con expertos que hablaron de cosas que el 95% de los espectadores no entendimos nada. Lo único gracioso en la segunda parte fue escuchar a los militantes que aplaudían a unos economistas que le gustan a Milei. Esa fue otra demostración de que en la política contemporánea los discursos no se oyen sino que se ven.

En algunos medios se cuestionó un espectáculo que no se debía organizar en un país en crisis. Supongo que pedirán a los asistentes al próximo concierto de rock que mientras toca la banda guarden silencio y reflexionen en la inflación y el incremento de la pobreza. Prefieren cantar, y divertirse gritando que Keynes fue ladrón.

La comunicación de Milei está tan bien hecha que le permite mantener un apoyo popular importante a pesar de la situación. Desgraciadamente la gente se divierte con la comunicación de los presidentes, pero finalmente demanda resultados que pueda percibir. Puede estar de acuerdo con que dejen en la calle a los ñoquis, pero demanda más empleo. Puede parecerle gracioso que Milei se pelee con el gobierno socialista de España que, según él, ha reducido a ese país a la ruina, pero quiere que las prósperas empresas ibéricas sigan invirtiendo en el país. Milei es un maestro de la comunicación política, trabaja con los conceptos más modernos de esta disciplina, pero ya es presidente. Tendrá problemas si no muestra resultados concretos en el micromundo de la familia de la gente. La lucha ideológica con líderes de los países más importantes del mundo puede traer problemas enormes en el mundo real.

publicado en Perfil, 25/5/2024

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