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Lacalle Pou y Milei

Tomás Linn

No pasó inadvertido el discurso pronunciado el miércoles por el presidente Luis Lacalle Pou en una cena organizada por la Fundación Libertad en Buenos Aires. Llamó la atención, tanto por los conceptos manejados como por su contraste con el cierre presentado por su colega Javier Milei.

Lacalle Pou agradeció las medidas tomadas por el gobierno argentino para facilitar el dragado a 14 metros en el canal de acceso al puerto y expresó su deseo de que entre ambos países se destrabe la compleja situación del Mercosur.

Más allá de estas coincidencias, los discursos fueron muy distintos. Uno era propio de un presidente, el otro era el de un enardecido militante, a veces devenido en profesor.

Lacalle fue aplaudido con entusiasmo por un público mayormente argentino. Su discurso estaba bien  organizado, conceptualmente de fondo y se desarrolló con lenguaje llano.

Milei, por su parte, se propuso dar una larga clase de economía para explicar las medidas tomadas. Fue confuso, con digresiones varias y tomadas de pelo a un economista que días antes planteó reparos a sus políticas.

Lacalle explicó lo que llamó la “fórmula uruguaya” que, aclaró, no necesariamente era extrapolable a otros países. Fórmula con la cual él está “satisfecho pero no conforme”.

Definió la importancia de las instituciones en una democracia, por garantizar el funcionamiento del país y la libertad de cada uno de los que lo habitan.

No habló de economía pero al explicar la importancia de lo institucional, dejó entender por qué es bueno ser socio de Uruguay a la hora de pensar en proyectos de inversión. Fue a la esencia de las cosas, a que lo sustancial está en los “anclajes” que trascienden a los gobiernos de turno.

Defendió la idea de un “Estado fuerte, aunque no grande”, apoyado en instituciones para lo cual es necesario “una clara separación de poderes”. Haciendo la salvedad de que quizás eso no sería popular ante la audiencia a la que se dirigía, resaltó el rol de los partidos políticos. Sin ellos, dijo, una democracia corre riesgos.

Enfatizó en que quienes son socialmente vulnerables no disfrutan de la misma libertad y por lo tanto es necesario que alguien les “haga piecito” para pasar al otro lado del muro. En ese sentido, el Estado juega un rol para que “el individuo pueda gozar del ejercicio de la libertad”. Aludió al respeto que debe haber entre quienes piensan distinto recurriendo a una frase que si bien reconoció no ser suya, se convirtió en su lema: “ser firmes con las ideas y suave con las personas”.

La situación argentina no es igual a la uruguaya. La herencia kirchnerista recibida por Milei es dramática y todos los días se descubren elementos nuevos, a cual peor, de cosas hechas durante su largo y nocivo reinado.

Por lo tanto la comparación entre un discurso y otro exige prudencia. El problema es que el daño hecho por el kirchnerismo fue enorme en lo económico y también en lo institucional. Despreció la separación de poderes a la que Lacalle le da importancia y muchas veces se puso en el filo de ser una dictadura.

Milei intenta resolver el primer asunto, el económico. Es probable que algunas cosas empiecen a mejorar en los próximos meses, aunque todavía es temprano para hacer apuestas.

Lo que a Milei no le interesa es el tema institucional; la democracia no es importante para él, con lo cual instala desde su versión libertaria (opuesta a la demagogia estatista del peronismo) una suerte de populismo diferente, pero populismo al fin.

Tanto Milei como Lacalle llegaron a la presidencia en segunda vuelta. En ambos casos hubo gente que los votó simplemente porque eran mejores a la otra opción. Cuando Milei se jacta de obtener 55 por ciento de votos, olvida que para un 25 por ciento de ese electorado, él no fue su primera preferencia. Por eso tiene escasa representación en el Congreso y le cuesta pasar sus leyes.

Lacalle siempre supo que para ganar en la segunda vuelta necesitaba el apoyo de votantes que en la primera se inclinaron a otros. En su discurso del miércoles fue deliberado en explicar cómo se armó una coalición que exige negociar y ceder y que ello se refleja en la tarea parlamentaria.

Es que Lacalle cree en el Parlamento, cree en los partidos, discrepa profundamente con quienes se le oponen, y lo expresa de modo frontal, pero no los desprecia. En otras palabras, cree en la política bien entendida y en trabajar con socios diferentes.

Es exactamente en lo que no cree Milei. Hay sólidas razones para que los argentinos estén hartos de sus políticos, esos a los que Milei llama la casta. Quizás el presidente apueste a arreglarlo todo sin ayuda. Al igual que Trump, suele decir que solo él sabe cómo hacerlo. Si así quiere actuar, deberá desconocer instituciones y pasar por alto las reglas.

Ahí es cuando entra en peligro la libertad.

En su discurso, Lacalle apuntó al respeto de esa libertad, incluso en sus aspectos de sensibilidad social. Y fue bueno que lo hiciera.

publicado en El País, 27/4/2024

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