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Milei, entre la demolición y la transformación

Graciela Romer

Argentina atraviesa uno de esos momentos en que la historia puede volver a repetirse con la obstinación de un eco que no se apaga, o rebelarse y comenzar un camino diferente.

El retorno de la democracia con Raúl Alfonsín, la convertibilidad y las reformas del Estado en los 90’ con Carlos Menem, el modelo productivo con Néstor Kirchner en 2003, la normalidad y gradualismo de Mauricio Macri en 2015, son algunos ejemplos de esta recurrencia de ilusión-desencanto aunque podríamos remontarnos más atrás.

Lo sufrió el país finalizados los 40 años previos a la Primera Guerra mundial, cuando Argentina gozaba de una prosperidad económica excepcional. Aunque, al decir de Juan Carlos Torre, una prosperidad proveniente de una economía modernizada pero no un estado ni sociedad equivalente. El golpe del 30 fue, tal vez, una señal emblemática de nuestros ciclos de ilusión- frustración.

Cada nueva crisis abrió expectativas de un nuevo comienzo, pero en Argentina, cada nuevo comienzo ha encontrado siempre las mismas paredes: instituciones inestables, “capturables” y de baja calidad, ciclos económicos pendulares, corporativismo, coaliciones políticas frágiles, liderazgos personalistas, un estado sobredimensionado e incapaz de ordenar lo público y una cultura cívica polarizada e «intensa¨que impide acuerdos mínimos para avanzar.

Este es, nuevamente, el escenario en que Milei irrumpió como una fuerza leonina, dispuesto a mostrar que podía arrasar con décadas de frustraciones, canalizando a través de su propia furia discursiva y gestual esa ola de enojo, malestar o ira popular que recorre el mundo – como sostiene Giuliano Da Empoli.

Varios especialistas ubican su origen en la crisis financiera global de 2008, acompañada por los dramáticos cambios impuestos por el devenir de la nueva era digital y su impacto en cada uno de los campos de la sociedad.

La pregunta es: ¿puede Javier Milei ser algo más que un líder de transición?

¿Podría convertirse en el estadista capaz de sacar al país de su decadencia estructural? ¿O tal vez en el devenir de su mandato podría convertirse en un “líder por default”, un sobreviviente por la incapacidad de la oposición de articular un relato alternativo? En tal caso los ciclos de fracasomanía serán menos dolorosos pero no por ello menos invalidantes del cambio de rumbo necesario.

Con dos años de gestión, lo que aparece con más claridad no es la figura de un constructor sino la de un demoledor eficiente de un orden que ya no funcionaba. Su narrativa antisistema logró desplazar de la discusión pública los temas largamente postergados que vienen alimentando esa fracasomanía. Fracaso que no necesariamente debería ser un símil de aquel sino trágico, esa fuerza ineludible que llevó a la desgracia que desencadenó Edipo en Tebas maldecido por su genealogía. Lo nuestro parece más bien una genética debilidad institucional.

“Nunca prosperará la ciudad donde las leyes no se respeten ni habrá salvación para quien antepone a un amigo por encima de su patria”. Suena a premonición. Lo escribió Sófocles, en Edipo Rey, casi 500 años antes de Cristo.

Como demoledor eficiente de un orden que no funcionaba, Milei concentró sus políticas en el control de la inflación, el déficit fiscal, los gastos del estado, la reducción de subsidios, el freno al aumento de la pobreza, la apertura a mercados internacionales, el estímulo a la inversión en hidrocarburos, minería e IA. Ello ha sido un aporte innegable.

También lo es el impacto negativo que muchas medidas han tenido sobre los sectores medios y medios bajos de la población, la industria, las Pymes o el sector pasivo. La ira, el mal humor y la desesperanza por el no futuro siguen allí, muy especialmente entre los Jóvenes.

Hay ciclos históricos que sólo se abren cuando alguien se anima a poner en palabras o gestos lo que la sociedad evitó durante décadas. En este sentido, Milei encarna la función del líder bisagra, aquel que precipita el derrumbe de un paradigma agotado y deja al descubierto la necesidad de un nuevo contrato social.

Sin embargo, ser bisagra no es el Proyecto. Y es allí donde se evidencia la distancia entre el Milei constructor y el estadista, ese tipo excepcional de liderazgo que no sólo nombra el problema sino que construye las condiciones políticas, institucionales y simbólicas para resolverlo o al menos, crear expectativas sobre ello.

El estadista escucha, ordena, pacta, administra tiempos, cede para avanzar, articula sobre diferencias y convoca mayorías amplias sustentables, que van más allá de un acuerdo electoral y no solo para imponer sus propios proyectos de manera vertical sino aquellos funcionales a los acuerdos previos. Dialoga, convence, no solo impone, y negocia con su capital de poder.

Argentina, que padeció caudillos iluminados y refundadores, tuvo pocos estadistas y Milei, por ahora, no parece pertenecer a esta tradición.

La Argentina actual no necesita un héroe, necesita arquitectos institucionales capaces de diseñar los cimientos de un país que perdió densidad productiva, capital humano y social, cohesión, prestigio estatal y calidad institucional. Pero ello solo no alcanza. Sin el compromiso del conjunto de lideres sectoriales que acompañen y reconozcan, con humildad y sin grandilocuencia, que Argentina no está condenada al éxito, tampoco al fracaso. Sólo se requiere aceptar esas falencias y aportar a superarlas.

publicado en Clarín, 17/12/2025

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