Yo tenía 31 años cuando tuvo su lugar y su tiempo la guerra de las Malvinas. Un compañero del secundario, teniente primero entonces, afortunadamente regresó finalizada la contienda. Había arrojado un misil de hombro contra un caza de la RAF. Dio en el blanco, el piloto consiguió eyectarse y cayó al mar. Mi compañero de estudios y sus subordinados lo vieron caer, corrieron, se internaron en el agua y le salvaron la vida. El piloto inglés y el teniente argentino regresaron a sus hogares y al día de hoy son amigos. Muchos en cambio nunca regresaron. La mayoría de los jóvenes soldados que no regresaron descansa en el cementerio de Darwin. Los chicos, víctimas, héroes – como prefiera el lector llamarlos – no tenían más de 21 años. Pero sus restos no fueron lo único que dejamos en el archipiélago. También dejamos un recuerdo comprensiblemente áspero y una animadversión irrevocable contra los argentinos por parte de los malvinenses. Y algo así como 120 campos minados (tras varias décadas, el desminado no consistió en la extracción o el estallido controlado de las minas, sino en la señalización y vallado de las áreas, como lugares sagrados que el pie humano no profana). Lola Arias, actriz y dramaturga, es autora de una obra teatral muy conocida, protagonizada por auténticos combatientes británicos (incluyendo un gurkha, aunque los gurkhas no entraron en combate) y argentinos, cuyo nombre es, precisamente, Campo minado (2016).
Los campos minados en Malvinas siempre han impresionado mi imaginación (no los conozco personalmente, jamás estuve en las islas). Quizás la metáfora de una superficie terrestre en que reina una quietud absoluta justamente porque puede estallar siempre, me parezca la mejor, lamento decirlo, para hablar, no de las islas Malvinas, sino de Malvinas como causa nacional. La causa Malvinas es un campo minado. Muchos creen, ojalá tengan razón, que los argentinos se han desapasionado por ella, la han ritualizado, convertido en una observancia reverencial, meramente formal. Me temo que no sea así.
Malvinas está presente en la vida cotidiana de los argentinos mucho más de lo que ellos creen, en palabras e imágenes, desapercibidas de tan habituales, y no por eso inefectivas. Pero los días que anteceden a cada 2 de abril su presencia cobra un vigor renovado. Este año puedo ilustrarlo con un par de ejemplos. Un académico, especialista en relaciones internacionales, observó que a su criterio Gran Bretaña había perdido prácticamente toda su capacidad militar, y que no quería ser belicista, pero que, si Argentina quisiera ocupar las Malvinas, podría hacerlo sin obstáculos. No es que suponga que este experto haya propuesto tomar las islas, creo apenas que esas palabras fueron de una alarmante irresponsabilidad. Entiendo que quiso acentuar una supuesta debilidad militar británica y lo hizo con un lapsus, precisamente mencionando la soga en casa del ahorcado. Y además proporcionando una información insólitamente poco ajustada a los hechos sobre las capacidades militares actuales de Argentina y el Reino Unido.
En los mismos días, como brotes verdes para todo el año, menudearon los comentarios, que quizás no pasaron de conjeturas o de dudosas expresiones de deseos, en los principales diarios y otros medios, sobre la posibilidad de que, bajo los auspicios del gobierno norteamericano, en otras palabras, de Donald Trump, el año próximo tuvieran lugar negociaciones entre Gran Bretaña y la Argentina, que habrían de incluir en la agenda la cuestión de la transferencia de soberanía. Sin entrar por ahora en la fragilidad y la inverosimilitud de esta especie, sólo diré que si tomamos en cuenta la reciente evocación de acciones militares, y una intervención deus ex machina del presidente de los Estados Unidos, lo que resulta claramente perceptible es que la Argentina, en la cuestión Malvinas, está en un callejón sin salida y, como tantas otras veces en su historia, quiere creer en una fuga hacia adelante, esta vez encarnada en el milagro militar o el de la salvación por un todopoderoso que nos ama.
El callejón sin salida está configurado por tres vértices: la potencia expresiva de la causa Malvinas, las obligaciones (recuperación de las islas como “mandato permanente e irrenunciable”) que nos impone la Disposición Transitoria Primera de la Constitución Nacional, y la rigidez de la ortodoxia malvinera de la mayoría de la diplomacia, del mundo político y de medios y publicistas que se ocupan del tema. Como consecuencia nos hemos quedado (desde hace mucho ya, aunque pocos lo adviertan) sin política para la cuestión, no hay cómo innovar, lo único que se puede hacer es no hacer nada y asegurarnos a nosotros mismos que tenemos razón y que al mundo se le rompe el corazón compadecido de nuestro sufrimiento e impresionado por nuestro fervor. En este auto engaño pasa el tiempo, pero ese pasar no es inocuo, se acumula una incertidumbre. Tarde o temprano algo sucederá, aunque ignoremos qué.
Por de pronto, esta tenacidad nos sale carísima, en términos económicos, culturales y políticos. El quedarnos sin política, el bloqueo en que el empeño de la causa ha atrapado al diferendo diplomático, permite entender que haya compulsivas fugas hacia adelante, estallidos semejantes a tormentas solares, como soñar con un «volveremos» bélico, o agarrarnos de las faldas de alguien que, como el actual presidente de los Estados Unidos, más bien parecería que es incapaz de ayudarse a sí mismo. La ilusión de que Donald Trump puede constituirse en quien nos saque por arriba del callejón no es más que la expresión de nuestra impotencia. Pero somos impotentes porque estamos eligiendo – más bien reeligiendo interminablemente – buscar salidas donde no existen.
Entender la índole de este callejón sin salida requiere un examen somero de la historia reciente. El punto de arranque argentino es la Resolución 2065 de la Asamblea General de la ONU (1965), que da cuenta de la existencia de una disputa por la soberanía, instando a la negociación y a tomar en cuenta los intereses de los isleños (la ambigüedad de esta palabra de compromiso, intereses, es la encrucijada de la que parten y se diferencian los posicionamientos argentinos y británicos de ahí en más. Destaco que su principal antecedente argumentativo fue del recordado José María Ruda: la ocupación británica afectaba la integridad territorial argentina y los deseos (políticos) de los malvinenses no contaban, ya que se trataba de una población implantada y por tanto no debía aplicarse el principio de autodeterminación. En esa fragua se galvanizó la ortodoxia argentina y su modo de acción, presidida por la convicción plena en la justicia de sus aspiraciones y por el optimismo político y diplomático, y por una rápida maduración de la causa Malvinas, que desbordó notoriamente el campo de la diplomacia y la política convencionales. Las líneas diplomática y política se tornaron crecientemente exigentes en sus expectativas y plazos. Tuvo lugar, asimismo, una política de fomento de los vínculos (comunicaciones, abastecimiento, asistencia educativa, sanitaria, etc.) con la población de las islas (culminante en 1971 con el Acuerdo de Comunicaciones). Su gestión fue excelente. No obstante, esta política fue apreciada de modo ambivalente: mientras algunos especulaban todavía con la hipótesis de que todo lo que se hiciera para incrementar la dependencia de las islas hacia Argentina iba a arrinconar contra las cuerdas a Gran Bretaña, que acabaría cediéndolas, otros consideraban que atender el bienestar de los isleños era inconducente, si no perjudicial.
En cuanto al punto de arranque británico, está dado por el juego triangular que, a partir de la resolución 2065, se reconfigura, pero sobre una base previa. La base previa es que el Reino Unido nunca dejó, al menos oficialmente, de considerar las islas como británicas. La reconfiguración, sobre este telón de fondo, es compleja. Y también aquí hay tres vértices: la tendencia flexible del Foreign Office y de ciertos líderes partidarios conspicuos, favorable a la búsqueda de algún entendimiento con Argentina; el rechazo tajante de los isleños (que admitían a regañadientes la cooperación entre el continente y las islas, habida cuenta del aislamiento extremo y la desidia con que el gobierno británico cuidaba de ellos), y el eco favorable que encontraban en la prensa y en las mayorías de la Cámara de los Comunes para resistirse a cualquier acuerdo.
Aquí se hace patente la índole equívoca de la palabra intereses en el contexto de la Resolución 2065. En verdad, la Argentina y el Reino unido habían aceptado, ambos, que esa palabra bloqueara, en el texto, aquella otra: deseos, claramente alusiva al derecho de autodeterminación. Nada de autodeterminación. Pero mientras Argentina sostenía que, por ende, dos estados soberanos debían negociar sin considerar la voluntad de los isleños, para el Reino Unido estos debían ser consultados. Los malvinenses no eran – como, por ejemplo, sí lo eran en Chagos sus habitantes – una población sometida que quisiera revertir su condición y reunirse con el país del cual había sido colonialmente separada. Era en verdad un embrollo, pero tanto Argentina como Gran Bretaña procuraron desenmarañarlo.
Por el contrario, lo que tuvo lugar fue una brecha creciente, y cada vez más peligrosa, entre la forzada parsimonia de la gestión británica y las expectativas y la premura diplomática y política argentinas, cada vez mayores. Mientras que para el Reino Unido las Falklands eran un dolor de cabeza, para los sucesivos gobiernos argentinos, afectados, fueran civiles o militares, desde 1955 en adelante, de insalvables problemas de legitimidad o fragilidad, las Malvinas eran el premio mayor para acumular el capital político del que carecían.
Por cierto, Gran Bretaña fue la primera que se quedó sin política. Los intentos serios de acordar fórmulas de entendimiento para una transferencia de soberanía existieron, pero fueron bloqueados por la movilización isleña y la solidaridad de los Comunes. La innegable ductilidad para encontrar una solución pragmática se tornó en rigidez. El Foreign Office pasó así a una inacción incómoda, mientras las ansiedades argentinas crecieron exponencialmente. Las negociaciones no se interrumpieron del todo, pero Londres no podía más que intentar en ellas ganar tiempo, y los militares argentinos malamente confiaban en la efectividad de la táctica del ultimátum mientras hacían planes para ocupar las islas. El resultado desastroso lo conocemos: el Proceso se trazó una composición de lugar inconcebiblemente errada sobre las consecuencias de concretar esa ocupación.
Las secuelas de la guerra fueron enormes, en el corto y en el largo plazos. Aquí me ocuparé exclusivamente de combinar dos metáforas: el terreno del callejón sin salida en el que nos encontramos es un campo minado. Es un terreno delimitado por el Reino Unido, los malvinenses y los argentinos. Considerando a los británicos existe, posiblemente, un interés estratégico por las Malvinas que, hasta la década del 80, era más que dudoso. En mi opinión sigue siéndolo, pero admitamos el punto. El interés económico por el archipiélago no es demasiado significativo tampoco; y no es “de Gran Bretaña”, sino de empresas británicas y no británicas (que pagarían impuestos, sobre todo a los malvinenses o para solventar gastos de defensa en las islas, Mont Pleasant no es gratis), empresas a las que les daría más o menos lo mismo el amo a quien tributar o a quién abastecer, lo que depende básicamente de contratos. Y no podría negarse a los malvinenses su parte; pero las fabulosas riquezas de las islas parece que integran la incontable serie de mitos que suelen rondar estas ocasiones, en las que lo que hay en juego va creciendo en la imaginación de todos según pasan los años. Por ejemplo, hay un cálculo reciente de explotación petrolera en aguas adyacentes, cuyo monto en regalías asciende a dos mil millones de dólares… en 30 años. Mucho más importante que la estimación estratégica o la económica es la historia. El Reino Unido ganó una guerra que no buscó (y los británicos pueden decir igual que los argentinos que regaron la tierra con su sangre, como reza la rememoración de los estados en toda posguerra) y concurrió en rescate de una pequeña comunidad de cuyos derechos se hizo responsable. Y la “casta” británica, política y diplomática, no pudo evitar quedar ante la opinión pública con la conciencia pesada por haber desprotegido por décadas a las islas y a sus pobladores y por no haberse esmerado en disuadir a los militares argentinos de ocupar Puerto Stanley. Sin dificultades, políticos y diplomáticos del Reino Unido han consolidado un entendimiento: los argentinos perpetraron una abierta agresión, nos obligaron a usar la fuerza, y tiempo después, la comunidad malvinense decidió, en un referéndum libre, mantener con su condición de ciudadanos británicos, y continuar siendo Territorio Británico de Ultramar, de camino a la fórmula de autogobierno más práctica (una organización constitucional que los coloca en el “mejor de los mundos”: autogobierno, mientras corren los británicos, culposos de no haberles ahorrado 1982, con el gasto de la conversación externa y los eventuales tiroteos, diplomacia y defensa). De modo que por el lado del Reino Unido no parece que en materia de soberanía haya mucho que conversar. Es decir, no hay cómo conversar del único tema que obsesiona a los argentinos. Eso se llama callejón sin salida.
¿Y los malvinenses? Antes de la guerra no querían ni oír hablar de transferencia de soberanía (se enojaban con los emisarios de Foreign Office más aún que con los argentinos). Luego de la guerra, estas disposiciones se reforzaron, no solamente por lo que significó para ellos la guerra en sí, sino también porque la identidad isleña-británica se consolidó. La autoimagen alicaída, decadente, la vivencia de soledad en un mundo en el que ni siquiera eran reconocidos como ciudadanos británicos, todo eso se disipó, la incertidumbre dominante desde la posguerra hasta 1982 quedó atrás, dio paso a una autoconfianza que fue de la mano con una hasta entonces desconocida prosperidad (hasta la aborrecida Falkland Islands Company tuvo que ceder posiciones sustancialmente) y con un incremento demográfico de origen externo que me recuerda al Buenos Aires de entre siglos XIX-XX cuando más de la mitad de sus habitantes eran extranjeros.
Los argentinos representamos para los malvinenses todo lo que no les gusta y lo que quieren de nosotros básicamente es olvidarnos. Y que nos olvidemos de ellos. Después de 1982, los británicos dejaron atrás sus vacilaciones para abrazar un soberanismo enfático, y en el terreno histórico y jurídico abandonaron la diletancia british por la academia british, y los textos de investigación y divulgación dejaron de ser una producción marginal (al punto de que una de las obras más consultadas en la academia británica era el libro de Julius Goebel, un estudioso norteamericano, The Struggle for the Falkland Islands, de 1927, que en esencia sostiene que los títulos argentinos, por herencia española, son firmes y las pretensiones británicas no se justifican) y proliferaron (para ponerse a la altura, con sus puntos fuertes y sus puntos débiles, de la producción argentina) obras de relieve. Y aunque es incomparable con la popularidad que la causa y la guerra han alcanzado en la Argentina, un grado inédito de familiarización de la Falkland question es perceptible en la sociedad británica (insisto en que es comparativamente bajo, aunque esto no pasa de una impresión formada en consultas erráticas y someros exámenes a la prensa inglesa).
Pero en suma, la tesitura de la política oficial británica (partidos, Foreign Office, cámara de los Comunes, etc.) nunca estuvo más próxima a la de los isleños, y estos nunca estuvieron más fuertemente posicionados y su talante nunca fue más distante de las aspiraciones argentinas.
El callejón tiene una sola puerta, y parece estar cerrada a cal y canto. Con la esperanza de abrirla, Argentina a empleado con frecuencia (y sin disimulo) el arbitrio del “aumento de los costos” (en un giro de 180 grados con relación a los años previos a la guerra; encuentro este recurso completamente irracional), mal enderezado a ablandar la voluntad de los malvinenses, o a intimidar para generar incertidumbre y desalentar inversiones. Parece que hay empresas a las que no les importa mucho este recurso al maltrato, Argentina no ha obtenido gracias a él ningún resultado. Esto nos lleva a examinar el otro lado del callejón, el lado argentino.
Tenemos novedades y ninguna es buena. La causa Malvinas se apropió de la guerra “perdida” (¿perdida por quién? Para el mundo, nos guste o no, por el Estado argentino, que es en términos jurídico políticos internacionales lo que más se aproxima a la Argentina). Y la guerra se apropió de la causa. Malvinas es ya metonímico de guerra de las Malvinas. Y la causa, como la tierra misma, configura una interdicción, una propuesta identitaria, y un mandato: prohibido olvidar, Malvinas es lo único que une a los argentinos, volveremos. La derrota bélica se convirtió, en la retórica y el sentimiento de grandes sectores sociales “altos”, “medios” y “bajos”, en una gesta heroica, no se pudo elaborar en los primeros años de la democracia y se limpió de la roña de los dictadores que la decidieron. Este talante no es general, ni siquiera mayoritario, pero lo suficientemente popular como para abrumar cualquier examen que busque tomar distancia del mismo. De modo que ahí está mitificada, la derrota, tanto como el cuchillo comunista y socialista en la espalda de los bravos alemanes desde 1918. Y tenemos, otra novedad de relieve, un nuevo actor político en el escenario de la cuestión Malvinas: los veteranos de guerra. Divididos como están, eso no importa, son poco más o menos un actor con poder de veto y movilización, y asimismo capaces de avanzar en la capilaridad de la vida social: el fútbol, los barrios, los medios, las redes sociales (basta mirar un poco para enterarse). Respeto como el que más a los veteranos, ya sean del sector próximo a las FFAA o del sector que repudia sin cortapisas haber llevado civiles a morir en el Atlántico Sur o haberlos sometido a vejámenes (repudio muy razonable, aunque conceptualmente encuentro discutible identificarlo como “terrorismo de Estado”). Pero las novedades de orientación que acarrea su presencia son (con pocas excepciones) intransigentes: la gesta del pasado que nos predetermina sin elección libre sobre el futuro, por una parte, y la lucha anti imperialista implacable, por otra. Y son la vanguardia de la resistencia “contra la desmalvinización”, denuncia que ha sido la más efectiva prédica malvinizadora desde 1983 hasta ahora.
Por fin, hemos tallado en mármol un compromiso taxativo con la causa Malvinas, que nos quita (casi) toda capacidad de maniobra: la Disposición Transitoria Primera de la Constitución Nacional nos ató, por las dudas (todas las constituciones atan hasta cierto punto, y por las dudas, a las generaciones presentes y futuras, es una de las excelentes ideas del pensamiento político conservador, pero no se puede abusar, y este ha sido un abuso mayúsculo, desmesurado) al palo mayor del navío de la causa: son la salvaguardia de nuestro unanimismo. Y haber atado a las nuevas generaciones reviste cierta literalidad, porque a diferencia del caso británico, en el cual la mayoría de los jóvenes parece no tener un recuerdo preciso de la guerra, en Argentina ha ocurrido algo llamativamente distinto: la guerra actualizó la causa. La guerra, la movilización de conscriptos, los jóvenes caídos y los que han regresado, los amigos muertos, los militares bravos y de los otros, los maltratos, los estaqueos, las historias heroicas y las miserables, el hundimiento del Belgrano, el frío, las cartas que llegaron y las que no llegaron nunca, la rendición, los gurkhas, los pichiciegos, ejercen sobre las nuevas generaciones una fascinación que trae la causa al presente, se puede entender por qué la causa se aferra a la guerra; Malvinas nos une, toda la imaginería épica está allí – terrible como en cualquier guerra – al alcance de la causa. Por otra parte, los “aparatos ideológicos del Estado” (vieja expresión de Althusser) funcionan a contento en lo que se refiere a Malvinas. En un país que ha hecho de la memoria un culto, las instituciones responden cuando Malvinas toca a su puerta. Es dudoso que esté fallando la transmisión generacional.
Y el camino diplomático está más cerrado que nunca. El valor jurídico político de la resolución 2065 empalidece. No se puede ir mucho más allá de lo que hemos ido, en La Haya o en la Asamblea General de Naciones Unidas (hoy por hoy, es más que dudoso que Argentina gane una votación para que la Asamblea General formule un pedido de opinión de consulta a La Haya), es poco relevante la solidaridad regional, y es quimérico un Donald Trump empeñado en auxiliarnos.
Todo lo demás no cambió: seguimos tan convencidos como siempre de que nuestros títulos de soberanía son perfectos y de que el mundo (ONU, América Latina, etc.) nos acompaña y hace causa común. Pero nos hemos vuelto más ignorantes: desconocemos qué ha pasado con los isleños en estos cuarenta años y pico, continuamos llamándolos kelpers, desconocemos cuánto ha variado la “correlación de fuerzas” entre integridad territorial y autodeterminación en el mundo, so sabemos que en materia jurídico política estamos tan flojos de papeles como los británicos (por no hablar de las consecuencias políticas de la guerra, con invasión y derrota), repetimos los tópicos y los mantras de siempre, sin haber sido capaces de elaborar alguno nuevo, como no sea por parte de los veteranos, a quienes al menos no les ha faltado imaginación. Creemos en la táctica estólida de “aumentarles los costos” y en ganar por cansancio.
El resultado es el callejón sin salida.
En 1982 los británicos se habían quedado sin política, condenados a una inmovilidad penosa. Ahora los que hemos quedado sin política somos los argentinos. En 1982 los británicos estaban parados encima de un campo minado sin saberlo, o quizás sin querer admitirlo, y las minas explotaron. Me temo que el peligro de que eso suceda ahora con nosotros es alto. No estoy pensando en ningún hecho violento.
Imaginen apenas este escenario: asumamos por un instante que para las próximas elecciones habrá una importante masa de electores “disponibles”, definitivamente alejados de un peronismo que no ofrece nada interesante, y de un mileísmo que los ha decepcionado. Es un escenario posible. Por fuerza se tratará de una masa electoral heterogénea. Imaginemos que una parte de la misma, desprendida de la votación peronista, y otra parte desprendida del mileísmo, sean atraídas por una interpelación proveniente de un nacionalismo de corte de derecha más tradicional en sus valores, productivista y cerrado al mundo, y que de modo más o menos explícito incorpore la causa Malvinas en su perfil electoral. A ese espacio no le falta hoy por hoy un liderazgo político potencial. No necesito hacer nombres, ni tampoco estoy “dando ideas” porque obviamente ya las tienen. El voto de una derecha dura, manifiestamente antiliberal, tuvo performances no tan despreciables en la Argentina, como fue el caso del Modin de Aldo Rico (que según me recuerda la IA, alcanzó el 5% de los votos en las elecciones legislativas de 1993, quedando en tercer lugar a nivel nacional), ¿por qué le debería ir mal ahora que cruje el sistema de partidos y que, probablemente, La Libertad Avanza enfrente duros dilemas políticos y electorales y se enrede más de lo que ya está? ¿Qué tal un 10, 12% en una campaña que tenga el soberanismo malvinero por una de sus propuestas principales? ¿Acaso un liderazgo de perfil ya instalado no podría lanzar a la cara de toda la casta una imputación tan absurda como efectiva, la de haber seguido la desmalvinización?
Lo reitero, no digo que esto vaya a acontecer, ni siquiera que sea probable, me alcanza para inquietarme saber que es posible. En una crisis de identidades, de orientaciones, en la que las innovaciones propuestas por Milei parecen disolverse, la interpelación malvinera puede fungir como sucedáneo. Que la modernización mileísta encienda una reacción por derecha y/o por izquierda no debería sorprender. Y esa conjugación sería un enorme dolor de cabeza. Una de las posibilidades de que estallen algunas de las minas que por ahora esperan su oportunidad. Las sombras que se proyectan sobre nuestro futuro ya nos van alcanzando en nuestro presente.
Mientras tanto, no pasa nada, salvo los arrebatos retóricos en que políticos electos o funcionarios de carrera se golpean el pecho exaltando su malvinidad. Hubo una novedad, sin embargo, ilustrativa, en su desenlace del lío en que nos hemos puesto y no sabemos cómo salir. Javier Milei habló, el año pasado, de “malvinenses” (con toda pertinencia) y de que si bien Argentina sostenía plenamente sus derechos de soberanía, los isleños debían ser consultados. Aunque recordé eso de que el diablo pone verdades en boca de los locos, me pareció sumamente positivo. Lamentablemente esta actitud rupturista del presidente no fue duradera. Alguna eminencia gris de las que tiene debe haberle aconsejado no abrir un flanco tan expuesto al escándalo. Porque desde entonces metió violín en bolsa y se refugió en una retórica ortodoxa sin matices. Y se quedó sin política.
Mientras nadie se atreva a explicar nada, por temor a examinar sus propias convicciones y o ser tachado de antipatriótico, no podremos ni siquiera imaginar cómo salir del callejón. Es necesario que haya más debate, mucho más que la reproducción perpetua de lugares comunes que nadie se atreve a tocar. Ganaríamos todos si se dejara atrás el mandato unanimista y se estableciera una escena pública diversa y plural, donde la identificación de cuáles son nuestros mejores intereses en la cuestión Malvinas como argentinos, estuviera abierta a la discusión. No es el propósito de este artículo, pero sin desenvolver aquí un abordaje global, haré unas pocas observaciones.
Estoy convencido de que el realismo (no empleo la palabra en sus términos vulgares, sino como denominación de una amplia y diversa escuela de pensamiento sobre relaciones internacionales) sugiere un camino muy diferente al que estamos transitando, para defender los mejores intereses. De las concepciones realistas se desprende que nos apartemos un poco de las interdicciones (prohibido olvidar), las formulaciones identitarias unanimistas y los mandatos sacralizados. Y busquemos una salida del callejón rompiendo con la norma de hierro de que los deseos de los isleños no cuentan. La vulgata sobre el tema identifica deseos con autodeterminación, y esto no es correcto. La alegación de Ruda, de que los isleños no podían auto determinarse, porque no son, estrictamente, un pueblo colonizado, un pueblo “titular de un derecho”, es correcta. Pero la cuestión de los deseos es una cuestión netamente política, y si los malvinenses no están en condiciones de ejercerla sí lo estamos los británicos y los argentinos. El parámetro de la decisión pasa por un acuerdo entre ambos a favor de otorgar a los isleños la potestad de elegir en arreglo a sus deseos. Nada hay en la Disposición Transitoria de nuestra Constitución que impida este curso de acción. En verdad, no es la Cláusula en sí misma la que nos impide desconocer los deseos de los malvinenses, sino la óptica mental con que hacemos su lectura, y que se ha consolidado como la única posible. De paso, hay que decir que no todo lo que está en esa breve disposición transitoria es absurdo: nos obliga a esforzarnos por el ejercicio pleno de la soberanía en Malvinas, pero ese objetivo debe ser alcanzado por medios pacíficos – respetando el derecho internacional. Sabio consejo de realismo periférico. La Disposición tampoco impide acuerdos amplios y de largo alcance como los que se intentaron durante los gobiernos de Menem y de Macri bajo la fórmula del paraguas de soberanía (y fueron destruidos por la Alianza y el kirchnerismo respectivamente). Permanecer en el callejón sin salida, sabiendo que en el momento menos pensado puede estallar una mina, no es realismo sabio. Es idealismo ingenuo.
publicado en Seúl, 12/4/2026
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