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El desprecio como trampa: la indiferencia y los pactos de impunidad

Ricardo Raúl Benedetti

Te hablo a vos. No al militante que repite consignas como un rosario, ni al fanático que hace tiempo entregó la razón a cambio de pertenencia. Te hablo a vos, que te creés sensato. A vos, que te convenciste de que mirar para otro lado es madurez política. A vos, que empezaste a despreciar al otro sin advertir que ese otro -con menos suerte, menos red, menos margen- sos vos mismo corrido unos pasos en el tiempo. Vos reflejado en un espejo roto.

No elegiste una cruzada moral. Elegiste protegerte. Elegiste que el desorden no irrumpa en tu casa, que el dolor no manche tu paisaje, que la miseria no toque el timbre. Elegiste estabilidad, aunque el precio fuera adormecer la conciencia, esa alarma incómoda que obliga a mirar lo que duele. Elegiste no sentir, porque sentir compromete. Y te dijiste que era virtud. Pero no lo es. Y lo sabés.

Aceptaste algo más profundo, más grave: que los extremos no se enfrentan, se necesitan. Que el poder real no vive en los discursos incendiarios, sino en los pactos silenciosos. En los intercambios prolijos donde se reparten cargos, se blindan intereses y se cuidan las espaldas mientras el relato grita lo contrario. Entendiste que los organismos de control no estaban para controlar sino para proteger a quienes no pueden ser controlados. Que no había vigilancia institucional sino autopreservación. Que no había transparencia, sino acuerdos para que nada estalle. Y callaste.

El silencio no es neutral. El silencio es una forma elegante de complicidad. Te vendieron un relato cómodo: libertad nacida del desprecio al otro. Un orden que promete limpieza a condición de no mirar lo que queda afuera. Así aprendiste a creer que el que no llegó fue porque no quiso. Ese relato no te hizo más fuerte. Te volvió más frío. Justificaste el sufrimiento ajeno porque involucrarte implicaba el camino difícil. Elegiste la paz del que no ve. Y esa paz tiene un precio: te oscurece el alma.

Muchos que piensan así se dicen creyentes. Van a misa. Pero de compasión concreta, poco y nada. No los conmueven los niños que comen una vez al día. Ni los jubilados convertidos en variable de ajuste. Ni las personas con discapacidad tratadas como una partida prescindible. Ni los jóvenes cuya única puerta abierta es la educación pública. Argentina ya conoció este divorcio entre la moral declamada y la humanidad negada.

Hoy la violencia es más prolija. No necesita fusiles. Alcanza con planillas, omisiones y frases como “es necesario”. Se administra el enojo, se naturaliza el descarte y se avanza. Yo también quiero orden. Quiero un Estado chico, eficiente, transparente. Pero no quiero el otro extremo. No quiero un orden que se construya descartando personas al borde del camino.

Si salvar a una persona vulnerable es salvar al mundo, entonces invisibilizarla, marginarla o aceptarla como daño colateral ¿qué es? ¿Ordenar la casa barriendo la miseria debajo de la alfombra? Eso no es técnica. Es ética. Porque esta pelea no te libera. Te usa. Te enseñaron a despreciar al de al lado para que no mires arriba. Pero el de al lado no es el enemigo: es tu reflejo con menos fortuna. Mientras tanto, los verdaderos responsables siguen negociando en la penumbra, usando tu miedo, tu bronca y tu tranquilidad para repartirse el poder. La grieta no está entre nosotros. Está arriba. Salir de esta trampa duele. Obliga a reconocerse en el otro. Cerrar los ojos también es elegir. Pero abrirlos no es un gesto heroico. Es una decisión. Y de esas decisiones se hacen los países que valen la pena. Te hablo a vos. Ojalá, no te quedes dormido.

publicado en Noticias Argentinas, 18/12/2025

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