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Inteligencia Artificial: Más eficiencia, menos humanidad

Graciela Romer

La nueva revolución tecnológica impulsada por la IA, la automatización y la expansión de plataformas digitales, está modificando de manera sustantiva la dinámica social contemporánea.

No se trata sólo de un cambio productivo sino de una transformación cultural, política y antropológica que afecta la forma en que trabajamos, nos vinculamos y comprendemos la vida colectiva.

Es cierto que la preocupación más visible a nivel general gira en torno al empleo y en este sentido diversas OOII advierten que la IA podría impactar en muy corto plazo cerca del 50% de los puestos de trabajo existentes, en especial, aquellos vinculados a tareas repetitivas, administrativas y de análisis rutinario.

Sin embargo, el problema no es solo la destrucción del empleo sino la ausencia de imaginación política capaz de pensar nuevas formas de integración social.

Miremos hacia atrás por un momento: Las revoluciones industriales anteriores también desplazaron ocupaciones, pero al tiempo que creaban nuevas funciones, derechos laborales e instituciones de protección. Hoy, la velocidad de la innovación supera la capacidad de adaptación de la política, la educación y los sistemas de representación.

Lo que habría que preguntarse es no solo cuántos empleos desaparecerán sino cómo se distribuirán los beneficios de una productividad crecientemente concentrada en pocas corporaciones tecnológicas.

Hay además un fenómeno silencioso y más profundo y a mi entender, mucho más grave: La deshumanización de la experiencia social y los atributos propios y diferenciales de la condición humana.

La mediación algorítmica de los vínculos sociales está reemplazando espacios de interacción en vínculos fragmentados, instantáneos y funcionales.

La empatía, un atributo que hasta el momento (¿?) nos diferencia del robot y que requiere tiempo, escucha y reconocimiento del otro, se debilita en entornos dominados por la lógica del rendimiento y la hiper personalización mientras las redes sociales organizan preferencias y modelan sensibilidades.

Nada más observar las crecientes dificultades para sostener conversaciones complejas, tolerar las diferencias o construir horizontes comunes. ¿Qué tipo de humanidad estamos creando si la subjetividad se vuelve más narcisista, reactiva y menos orientada a la socialización colectiva?

Recordemos que la base de los procesos democráticos radica justamente en estas condiciones para sostener su vitalidad más allá de lo procedimental.

El desafío que enfrentamos no es sólo que el empleo desaparecerá para una enorme cantidad de personas y consiguientemente la sustentabilidad de la vida humana sino que el verdadero desafío es cómo humanizar la sociedad que estamos delineando.

Porque si la revolución tecnológica avanza más rápido que nuestra capacidad de preservar empatía, reconocimiento y sentido de comunidad, el riesgo será el de una sociedad más eficiente pero menos humana, cada vez más cercana a vínculos robotizados que a experiencias verdaderamente humanas, aquellas que nos permitieron pegar el salto cualitativo como especie.

Hobbes planteó este desafío en plena desintegración política y social de Inglaterra en el siglo XVII con una claridad meridiana. La idea hobbesiana de la “guerra de todos contra todos” describe justamente el momento en que al debilitarse las reglas comunes, la confianza mutua, así como un meta ordenamiento institucional reconocido, reaparece la lógica de la autopreservación extrema y la desconfianza reciproca.

Ello marida muy fuertemente con la erosión de la empatía social y la fragilidad democrática. Un regreso no a la regresión biológica sino política y moral, donde el otro deja de ser un ciudadano y pasa a ser una amenaza, un rival o un instrumento.

La IA pareciera estar favoreciendo hoy una cultura donde: el otro es casi siempre un competidor; la diferencia se vuelve amenaza; la cooperación pierde valor; la conversación pública se degrada y la democracia se vacía de reconocimiento y valoración pública Así las cosas, nos enfrentamos al riesgo de ir caminando hacia una nueva versión “hobbesiana digital” de la vida social, ahora en versión mediada por algoritmos y vínculos despersonalizados creados por terceros nos acerca cada vez más a un mundo más eficiente pero con menos humanidad.

publicado en Clarín, 12/4/2026

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