Milei, el victorioso candidato “outsider” de 2023, debió haber sido consciente de su mandato tan contundente como acotado: salvar al país del infierno de una nueva hiperinflación que en las postrimerías del gobierno de Alberto Fernández estaba a la vuelta de la esquina. Y, de paso, cerrando la transición democrática a instancias de su deuda pendiente ya saldada por la mayoría de los países de la región: el equilibrio fiscal.
Dejar atrás para siempre la inflación y el déficit suponía, no obstante, elevados costos que la mayoría toleró con estoicismo y la esperanza de un futuro mejor. Su discurso radicalizado lo convirtió en una estrella para los jóvenes hartos del relato kirchnerista totalmente desenganchado de la realidad durante la cuarentena eterna.
Pero la perspectiva de mediano plano no le auguraba lealtades incondicionales fuera de su núcleo duro expresado en los canales de stream y las redes sociales. Estaba, por lo tanto, condenado a conjugar su estilo pintoresco de porteño puteador con la delicadeza de su mandato: no urticar a los sufrientes y compensarlos con reconocimientos simbólicos de su sacrificio.
Su estilo confrontativo y peleador fue tolerable en tanto no excediera un límite; aun sin avasallar las instituciones republicanas. Lo que fueron imprudencias sueltas empezaron a suscitar más susceptibilidades conforme el ajuste se ciñó a las finanzas olvidando a la economía real. Y más aún cuando su encierro lo cegó frente a causas sensibles como el de los médicos residentes de Garrahan y o los subsidios a los discapacitados.
Mientras tanto, fue cayendo en una trampa fatídica: la nacionalización de las históricamente novedosas elecciones legislativas bonaerenses desdobladas de las nacionales.
Sobredimensionó sus apoyos entre los pobres del GBA merced a resolver a su favor la administración directa de los subsidios alimentarios y a la maternidad. Perdió de vista que el viento juvenil que lo llevó al poder procedía de jóvenes de las provincias que conjugaban esa ayuda con horizontes de progreso reales en los nichos regionales de prometedoras posibilidades de competitividad en el mundo global.
Desde la energía de Vaca Muerta hasta las minerías cordilleranas, pasando por las agroindustrias pampeanas y sus islotes enclavados en el Interior. Quedaban afuera los retazos de la industrialización sustitutiva de importaciones localizados en el Litoral; pero sobre todo en el volátil y pauperizado Conurbano Bonaerense. Un problema estructural sobrediagnosticado respecto del que no se advierten políticas resolutivas optando por las más rentables administrativas de la pobreza.
Las políticas subsidiarias allí solo se ensamblan con proyectos de supervivencia como las changas y un emprendedorismo de éxitos variables; aunque difícil de traducir políticamente. La ansiedad le jugó la mala pasada de concentrarse en esos territorios merced a la cooptación de referentes que suelen ser mercenarios al servicio del mejor postor.
Lo más conveniente hubiera sido no apostar demasiado por una elección en la que nadie sabía demasiado que votaba: fantasmagóricos legisladores provinciales y concejales municipales. Entonces los barones encendieron sus bastante desgatados aparatos poniendo la poca carne que les quedaba en el asador con los fierros de sus recursos públicos.
Había un dato contundente: de las 135 intendencias, 86 estaban en manos del fragmentado peronismo ya fuere a través de La Cámpora o de distanciados con el kirchnerismo que le dieron plataforma a la aventura del gobernador Kicillof. El resto, fueron ciudadanos no peronistas o aun antiperonistas que a raíz de los extravíos de las últimas semanas, pusieron en acción el implacable dispositivo del voto castigo. El mileísmo careció de consistencia en el orden seccional y fue derrotado en la primera a instancias de su cordón sudoeste pobre incompensable por la residencial zona costera.
El impacto recesivo también melló sus apoyos en la “cresta” de la segunda limítrofe con Santa Fe (San Nicolás) con sus industrias siderúrgicas y automotrices extendiéndose al “codo” lindante con Córdoba de la cuarta con sede en ciudades como Chivilcoy, Junín y Pergamino. Allí en donde desechó a potenciales y valiosos aliados imponiéndoles tropa propia.
La ola también llegó a la séptima en el núcleo provincial agro minero de Azul y Olavarría; y a la octava platense con sus fincas hortícolas periurbanas de inmigrantes bolivianos. LLA-PRO solo se alzó esforzadamente en la costera quinta con sede en Mar del Plata y en la sexta con epicentro en Bahía Blanca.
El telón de fondo fue de todos modos económico. El riesgo de la profecía auto cumplida “k” ralentizó el clima de inversión generando una acechante turbulencia financiera que agravó la situación microeconómica.
Llegados a este punto, las preguntas de rigor: ¿significa el resultado bonaerense un piso desde donde crecer dado su predicamento originario en los interiores prósperos? Si, en tanto recalcule sus estrategias y no pierda el timón financiero y cambiario de la macroeconomía y de la política reeditando de sus fructíferas alianzas con gobernadores del año pasado.
Para ello será necesario deponer ortodoxias ideológicas sin renunciar a su gran misión: el equilibrio fiscal. Una tarea en la que se pondrá a prueba no su talla de estadista -una contradicción respecto de su anarco capitalismo- sino de político inaugural de una nueva generación a la altura de las enormes posibilidades de crecimiento de cara a las próximas décadas.
publicado en Clarín, 9/9/2025
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