El mundo lamenta que hoy no exista un Winston Churchill, un hombre forjado intelectual y militarmente en el terreno de la política y de los combates, que fracasó como arquitecto en un pésimo desembarco en Gallípoli, en 1915, y se retiró un tiempo de la política, para reemprender una carrera que lo llevó a ser primer ministro en Gran Bretaña y líder indiscutido en la avanzada británica en la Segunda guerra mundial, una situación de crisis extrema que manejó con realismo y esperanza.
Era su estilo, base de todos sus comportamientos en los que anteponía su inteligencia estratégica militar antes de tomar cualquier decisión. En su visión completa de la realidad, nunca dejó de priorizar la unidad de su nación ni de acreditar sus esperanzas en que ésa era la fórmula para garantizar las expectativas puesta en él por el pueblo británico. Churchill pensaba antes de actuar, analizaba el panorama completo, anticipaba los eventuales obstáculos y las probables soluciones ante lo impensable. Nada de furia en su lenguaje.
Donald Trump, actual líder de una guerra que puso a Estados Unidos en una difícil situación, y a él mismo en un derrotero incierto respecto de su poder político interno, jamás tuvo un plan para decidir una guerra contra Irán, no escuchó voces sabias y, por el contrario, salteó las normas parlamentarias cual rey de otros tiempos que retiene para sí la suma de las decisiones.
La ciudadanía mundial, y no pocos jefes de estado, desconocen todavía el objetivo principal de semejante ataque bélico que, finalmente, sólo sirve para reforzar la ansiada guerra prevista por el presidente de Israel, Benjamín Netanyahu, con la única meta de permanecer en el poder y no someterse a la elección democrática.
Hoy, la situación interna en Estados Unidos es compleja desde varios puntos de vista: la económica, fuertemente castigada por los gastos militares, por la inflación desatada, la necesidad de aumentar las tasas de interés contra el interés de los ciudadanos norteamericanos endeudados en créditos, y para colmo la devaluación del dólar en el mundo frente al crecimiento de otras monedas.
La guerra de “cuatro días” se está convirtiendo, muy a pesar de Trump, en un conflicto del que no se avizora un final, aunque un misil haya matado a casi toda la cúpula religiosa iraní, único objetivo adelantado por Trump. Su llamado a la población iraní para que “salgan a las calles” y hagan una revolución contra el duro régimen de Jameini, fue virtualmente ignorado por la población que, tal vez, en partes iguales estuvieran a favor o en contra. Tras semejante bombardeo inicial a los iraníes se les fueron las ganas de fragotear, porque pese a su oposición al régimen, no son tontos y se sienten más nacionalistas que antes.
Trump nunca tuvo un plan militar para encarar esta bravuconada que puede sostenerse desde los Estados Unidos solo por mar o aire. Lo de enviar tropas terrestres es una posibilidad dudosa que el actual mandatario no puede decidir sin que una oposición mayoritaria se oponga rotundamente.
Los altos mandos militares carecieron de la oportunidad de trazar una estrategia que tuviera en cuenta al menos tres cuestiones importantes: el tipo de armamento del que disponía Irán, los efectos económicos que se dispararían con solo aumentar el precio del petróleo, y las posibilidades de asegurar aliados europeos.
Obviamente Trump no le llega a los talones a Churchill, es incapaz de pensar si acaso con el cierre de un simple estrecho -el de Ormaz- en el golfo Pérsico, antes de pasar al de Oman, la producción de petróleo y la llegada del producto a distintos puntos del mundo iba a generar un desequilibrio económico mundial. Atacó tarde y mal la isla de Kharg, un territorio de 26 kilómetros cuadrados, punto neurálgico para el acopio de petróleo iraní. Lo hizo el día 16 de la guerra, sin destruir los depósitos. Las tropas terrestres están lejos de llegar a ese lugar, e Irán es inmenso y el paso por el golfo Pérsico está cerrado.
Demasiado aspaviento comunicacional se hizo sobre el heredero del líder religioso muerto. Irán no muestra al hijo presuntamente en coma, pero cuenta con un presidente, Masoud Pezeshkian, quien integra un consejo de transición junto al Jefe del Poder Judicial, Golamhosein Mohseni Eyei, y un jurista del Consejo de los Guardianes. Estos funcionan en las sombras desde antes de 1 de marzo pasado. Son los que están dispuestos a negociar un alto el fuego, pero nadie los llama.
El problema de los fondos estadounidenses para la guerra no planificada se presentó con la primera factura de gastos: en los primeros seis días gastaron 11.300 millones de dólares. En el fin de semana en que comenzó la guerra, el Pentágono gastó 2 millones de dólares en munición “por minuto”. Los datos fueron compartidos por miembros del Pentágono con el Congreso, a puertas cerradas.
Estas cifras no contemplan los desplazamientos de portaaviones y pertrechos, aviones y bombarderos en lugares más cercanos a Oriente Medio. El Ministerio de Defensa, por su parte, informó a los legisladores que el ejército gastó en munición durante dos días la suma de 5.600 millones de dólares. La improvisación en términos de guerra, generalmente, se mide en miles de millones de dólares.
Algunas fuentes de seguridad israelíes reconocieron ante la prensa internacional que el ataque a Irán se había iniciado sin saber que podría darse un cambio de régimen iraní, y la idea apareció recién en los discursos posteriores al ataque.
La justificación de la guerra es menos clara en cabeza de Estados Unidos que en Israel, donde la confrontación contra Irán siempre estuvo en sus planes para aniquilar a los grupos terroristas y debilitar al régimen. La ausencia de una estrategia alimenta las contradicciones.
En cambio, Irán pareciera tener un poco más estudiadas sus opciones, aún sin el nivel armamentístico de sus antagonistas. Sus bombardeos, inexplicables en un principio, sobre Arabia Saudi y el Líbano, entre otros países árabes, perseguían una reacción en favor del alto el fuego o bien de cosechar aliados forzados.
En el Líbano, las acciones de Hezbollá dieron señales al disparar algunos misiles contra Israel, pero sólo lograron que las tropas israelíes se decidieran a entrar por el sur del Líbano, atacando sin discriminación a la población local.
Los restantes bombardeos estuvieron dirigidos contra bases norteamericanas diseminadas por doquier en Medio Oriente. Irán había anunciado que atacaría al menos a 27 bases militares estadounidenses o inglesas.
En cambio, la estrategia de cerrar el estrecho de Ormuz, fue la piedra que disparó la primera consecuencia fatal de la guerra “por el petróleo”. Antes de cerrarlo, los iraníes ya habían dejado pasar una importante flota de cargueros de oro líquido, con destino a China. El resto del planeta se quedó hasta ahora sin el anhelado producto, imprescindible para el funcionamiento de la economía global, que ahora se vende a 102 dólares el barril, y subiendo.
Pese a la indiscutida superioridad militar de Estados Unidos e Israel, al comenzar la tercera semana de la guerra Irán mantiene el control sobre su territorio, y no se conforma con custodiar el estrecho de Ormáz, sino que van por un segundo, ubicado en Bab Al Mandab, una arteria importantísima para la economía internacional y de conexión con el resto del mundo.
Bab Al Mandab es una vía fluvial vital entre Yemen y Yibuti, asociada con la entrada sur al Mar Rojo. Los aliados hutíes de Yemen ya controlan el lugar, donde una confrontación sería devastadora para toda la región y los países que allí se asientan. Significaría desarticular una arteria comercial internacional imprescindible.
Paradójicamente, Bab Al Mandab -un pequeño país de un millón de habitantes- es conocido como “la puerta del dolor y las lágrimas”, por el peligro que implica para la navegación, fuente de innumerables naufragios, fuertes vientos y corrientes marítimas. Y es el paso estratégico entre el Mar Rojo y el Océano Índico. Por allí circulan, en tiempos normales más de 20 mil buques de carga por año, con alrededor de 1.600 millones de toneladas de mercancías. En 2018 pasaron 6,2 millones de barriles de crudo y productos refinados de petróleo. Las modalidades bélicas son infinitas. Por el momento se estima, con cierto arrojo, que la prolongación de la guerra parece irreversible. Nada a la vista indica que este desaguisado, mal pensado, vaya a tener un fin a corto plazo.
publicado en Parlamentario, 16/3/2026
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