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Ciudades argentinas, entre el pasado y el futuro

Fabio Quetglas

El ejercicio de medir y tratar de poner objetividad en los debates públicos es siempre interesante. Los números abren más controversias que las que cierran, y a veces nos sorprenden. Hace poco se publicó el “Índice de ciudades argentinas”, por el cual se sometió a comparación a 43 ciudades del país, mediante 26 ítems ponderados. Los resultados indican que las 10 primeras ciudades pertenecen al cinturón central del país que une la región agropecuaria núcleo con la provincia de Mendoza al oeste. Un sesgo que demuestra acabadamente el “peso” del entorno socioeconómico en la calidad de vida urbana.

La ciudad ganadora: Bahía Blanca, obtuvo 68/100 puntos. Ninguna ciudad argentina llegó a los 70 puntos. Por lo demás, Bahía Blanca obtiene esos resultados a pesar de la coyuntura particularmente negativa, luego del desastre climático de marzo de 2025. Sus puntos fuertes son muy claros: alto índice de seguridad (una de las tasas de homicidios menor del país), alta cohesión social y una conectividad física muy buena. Sin rasgos particularmente negativos en los demás rubros.

Hay datos que confirman una visión generalizada; por ejemplo: como era de esperar, la ciudad de Neuquén lidera el perfil económico (con mucha ventaja); la ciudad de Buenos Aires es la única del país con un puntaje logístico “optimo”; la diferencia objetiva de prestaciones sociales entre el sur y el norte del país es muy marcada.

Hay otros datos que cuestionan nuestro sentido común sobre el territorio: hay ciudades importantes argentinas con niveles de informalidad urbana menores al 1% (San Juan, Rafaela, Godoy Cruz); también las hay con niveles de inseguridad bajísimos (Bahía Blanca, Santa Rosa, Ushuaia); hay ciudades argentinas que combinan dinamismo económico con buenos resultados sociales (Rafaela). En el fondo de la medición están Lomas de Zamora y Formosa, hegemonías políticas que parecen sostenerse más en la gestión de la pobreza que en la construcción de elementos que promuevan su superación.

El Índice de Ciudades tiene omisiones significativas, por las dificultades de acceso a información confiable. En especial hay tres cuestiones que deben ser destacadas: subvalora elementos ambientales, no incorpora cuestiones muy relevantes para la vida urbana pero de comparabilidad difícil (como la movilidad interna), y no dimensiona adecuadamente el rol compensador que pueden significar los atributos urbanos extrajurisdiccionales (como por ejemplo que una localidad aledaña le brinde determinados servicios o ventajas). Con todo, que entre el primer tercio de ciudades haya una clara dominancia de ciudades intermedias (Bahía Blanca, Río Cuarto, Santa Rosa, Rafaela, Tandil, Villa María), es demostrativo de lo mucho que se puede mejorar en calidad de vida, si la agenda territorial logra hacerse un espacio entre los debates de coyuntura.

Cuando a fines del siglo XIX un conjunto de decisiones políticas vinculó a amplias zonas del país a los mercados globales, nos abrimos a los flujos migratorios e invertimos en infraestructura para garantizar no solo el control del espacio, sino sus posibilidades económicas, y también en educación, para generar una sociedad de ciudadanos plenos, produjimos una transformación asombrosa. La Argentina moderna, demográficamente ascendente, metropolitana y agroindustrial no fue una casualidad.

La Argentina posmetropolitana es absolutamente posible y necesaria; pero no alcanza con facilitar las economías de extracción o estabilizar la macro. Hay una agenda de transiciones virtuosas posibles, gestión adecuada de los flujos de personas, calificación pertinente de éstas, sentido responsable del aprovechamiento de los recursos naturales, inversión en infraestructura pública y formación de fondos anticíclicos. Las ciudades intermedias argentinas pueden ser atractoras globales de talento, y eso es una fuente de posibilidades mucho más alta que ningún RIGI, pero eso requiere más y mejor política de proximidad y poner la calidad de vida en el centro del debate político y económico.

publicado en La Nación, 19/5/2026

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