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Bolivia, de nuevo un tembladeral: ¿contagiará a la Argentina?

Marcos Novaro

Cuando a fines de 2025 llegó a la Presidencia Rodrigo Paz, ya se sabía que la economía boliviana estaba exhausta y las cuentas públicas en completo descalabro. Así que el nuevo gobierno tendría las cosas muy difíciles. Particularmente difíciles, porque a diferencia de otros casos de “agotamiento del modelo populista”, por ejemplo Argentina, allí las malas noticias llegaron todas juntas.

No fue, como aquí, que primero se desató la inflación, luego aparecieron las restricciones cambiarias y finalmente llegó la recesión y la caída de los ingresos, sino que todos esos factores de crisis estallaron juntos, a mediados de 2024, cuando se acabó el gas, se esfumó el equilibrio fiscal y la actividad económica se derrumbó.

Fue esa crisis asfixiante la que dio marco, precisamente, a la derrota del MAS, el partido de Evo Morales que había gobernado ininterrumpidamente durante dos décadas. Partido que, además, se sumió en una profunda crisis interna, por el enfrentamiento entre los leales al caudillo y el sector alineado con Luis Arce, el presidente vicario que aquel había nominado tras el fracaso de su reelección indefinida, en 2019 y el descalabro institucional que él mismo provocó por esa frustración.

Claro que ni esta crisis del movimiento político hasta entonces hegemónico, ni el propio agotamiento de su modelo económico aseguraban que el populismo distributivo quedara deslegitimado por largo tiempo. Porque los partidarios de Morales todavía podían decir que los problemas no obedecían a lo que había hecho su jefe durante veinte años, gastar los recursos obtenidos por las exportaciones de gas para financiar, vía empleo público y subsidios, una clientela suficientemente amplia para volverse imbatible en las urnas, sin prestarle atención alguna al desarrollo de otras actividades productivas. Sino a la “traición de Arce” y a la conspiración neoliberal en que éste se había dejado enredar.

El origen de las protestas

Así que, en cuanto Rodrigo Paz empezó a incumplir su promesa, naturalmente incumplible, de que el ajuste iba solo a perjudicar a los socios y entenados de Morales, y pronto iba a dar paso a una nueva economía de mercado, pujante y mucho más generosa que la populista, las protestas se reactivaron, invirtiendo su dedo acusador. Primero concentradas en reclamar aumentos de salarios, frente a una inflación de dos dígitos que no se había visto por mucho tiempo, contención de los aumentos de combustibles y servicios y otros beneficios para los más perjudicados por el ajuste, pronto escalaron a exigir la renuncia del presidente, alentadas por los sindicatos de campesinos y demás organizaciones “de base” ligadas al evismo.

Paz recibió la solidaridad de Trump, de Kast y de Milei, obviamente, pero los gobiernos de izquierda de la región miran para otro lado y silban bajito, o directamente apoyan las protestas: tal vez una crisis presidencial que acabe con el experimento “neoliberal” en Bolivia sirva para frenar la ola de triunfos electorales de las fuerzas de derecha en la región, registrada en los últimos años, y alimente las chances de reelección de Lula en Brasil y Petro en Colombia; y tal vez también sirva para señalar el camino a los que resisten políticas de ajuste y reformas promercado en Argentina, Chile y otros países.

Entre nosotros, en particular las lecturas sobre la crisis en el país vecino, han estado desde el principio muy polarizadas:

para la prensa y las fuerzas de izquierda, el pueblo boliviano se manifiesta democrática y pacíficamente contra un gobierno que traicionó sus promesas electorales, ha perdido toda legitimidad y solo se sostiene por la represión;

para la derecha todo el problema consiste en que bandas de facinerosos controladas por Evo Morales aterrorizan a la población e intentan dar un golpe de Estado contra las autoridades legítimamente electas.

Las dos versiones disimulan un hecho muy lamentable, y que se repite en la historia boliviana pese al paso de los años: finalmente lo más probable es que el fiel de la balanza lo inclinen las Fuerzas Armadas y de seguridad.

publicado en TN, 19/5/2026

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