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Pros y contras para la oposición ante la nueva fase acuerdista de Milei

Marcos Novaro

El peronismo se beneficia y se perjudica al mismo tiempo con el giro que le dio Milei a su gobierno, al echar a su hijo dilecto, entronizar a Santilli y reafirmar su alianza con Bullrich.

La presencia de Adorni en el centro de la escena le hizo las cosas fáciles durante varios meses para recuperar aire tras la derrota del año pasado e insistir con su estrategia de ruptura. Así que por ese lado el peronismo sale claramente perdiendo con la nueva situación.

Pero al alejarse la posibilidad de un fracaso generalizado de la gestión de gobierno, crece la de que la dirigencia del PJ escuche a sus referentes más razonables, los que están sugiriendo no seguir machacando inútilmente con la inminencia de un colapso económico, y salir a proponer qué políticas harían si el programa de estabilización da resultado, para mejorar la situación económica y social que seguiría al eventual éxito de las reformas.

El centro no peronista, por su parte, también se beneficia tanto como se perjudica con la nueva fase acuerdista y “profesional” de Milei.

Si éste corrige sus desbordes y errores, una candidatura presidencial de centro en 2027 pierde sustento (¿para qué intentar hacer desde afuera lo que los políticos profesionales aliados a Milei logran hacer desde dentro de la gestión?). Pero, a su vez, si el mileismo tiende a consolidar su convivencia con el resto de las familias políticas que quieren la estabilidad y las reformas, la eficacia legislativa y programática del centro se potencia.

Así las cosas, ¿pueden el centro o el peronismo, o ambos a la vez, superar los desafíos que esta situación les impone y mejorar su oferta? Ambos van a necesitar más tiempo del que tienen de acá a las elecciones de 2027. Por lo que en este período los esfuerzos que hagan, aunque estén bien encaminados, tal vez no den demasiados frutos.

Los problemas del peronismo: Cristina pesa más a medida que el partido se hunde

El problema más serio lo tiene, claro, el peronismo. Para el cual las derrotas acumuladas han sido muy costosas, pero no lo suficiente como para que se produzca un vuelco en los consensos internos. Lo que se refleja, ante todo, en la evolución de su liderazgo interno: Cristina es una sombra de lo que fue para el grueso de la sociedad y de los propios votantes peronistas, pero sigue siendo enormemente gravitante en la vida interna del partido, en cierta medida incluso cada vez más gravitante, por varios motivos.

Para empezar, por el peso de las imágenes y la fe. El peronismo siempre ha sido un movimiento más estético y religioso que político. De allí que en su seno las metáforas, las analogías, los mitos y las imágenes muchas veces reemplacen las explicaciones. Es lo que sucede, por ejemplo, con la detención e inhabilitación de CFK por corrupción: se las asocia con la proscripción de Perón, de lo que se “concluye” que la tarea que puede unificar al movimiento y volverlo representativo de las demandas más amplias de la sociedad será el equivalente actual del “Perón vuelve”.

Pero más sorprendente que este forma de hilvanar imágenes, y pretender que eso sea equivalente a “razonar”, es que ellas vayan ganando peso a medida que se demuestra que la cosa no está funcionando, que el peronismo logra cada vez peores resultados en la tarea de representar demandas amplias, que las preferencias de los votantes van por otro lado y que la mayoría está cansándose de la cantinela sobre “la proscripción”.

¿Por qué nada de eso logra modificar las premisas con que entienden la situación muchos dirigentes, que insisten e insisten en la misma fórmula, a la espera de que a la larga dé resultado?

Al respecto pesa que muchos peronistas más sensatos se vayan provincializando y abandonen la discusión: no les conviene pelearse con el kirchnerismo, porque romper con él sería costoso para sus posibilidades de reelegir en provincias y municipios, así que prefieren ignorarlo, lo dejan hacer, mientras por su lado acuerdan con quien sea para ampliar al máximo sus coaliciones locales y distritales. Incluso con el mileismo, para no entrar en colisión con los planes de reelección presidencial.

Otro motivo más para que esto sea así es que quien sí tiene un plan nacional “alternativo” no es un antikirchnerista, sino un kirchnerista recargado, que no quiere hacer del Cristina Libre su bandera, pero implícitamente la sostiene.

Kicillof hace con “Cristina Libre” y “Cristina Conducción” lo mismo que con la corrupción estructural del PJ bonaerense: no la promueve, al menos no abiertamente, porque sabe que necesita votos independientes, pero la apaña disimuladamente. Es decir, busca ganar por ambos lados, por el de quienes quieren más kirchnerismo y por el de quienes quieren poskirchnerismo. Solo que no deja de conformar a ninguno de los dos bandos: para los kirchneristas aparece como un nuevo Vandor, un sucio traidor que merece la horca; mientras que muchos votantes independientes ven en él otro mascarón de proa de los vicios ya conocidos del kirchnerismo (como antes Scioli, Alberto y Massa, ninguno con mucha fortuna).

A eso sumemos que el progresismo en general está en una profunda crisis en el país: no entiende por qué sus denuncias contra las amenazas a la democracia que trae consigo el mileismo no han cuajado, por qué pese a todos los parecidos entre Milei y la ultraderecha de muchos otros países, su gobierno sigue contando con el apoyo de tantos moderados y centristas, por qué finalmente pese a todos los errores de gestión, los casos de corrupción, la selección de funcionarios y candidatos impresentables y/o inútiles, las agresiones y batallas culturales frustradas, el gobierno nacional parece tener tanto futuro por delante.

Es que no entiende a Milei y su tiempo, porque tampoco entendió al kirchnerismo y sus secuelas: lo enormemente costoso que resultó su anticapitalismo de opereta para el país y en particular para los sectores más postergados, los jóvenes, los trabajadores no calificados, los habitantes del interior, etc, a los que ese progresismo quiere interpelar.

Y, finalmente, el resto del problema está en la propia Cristina, y no tanto en sus vicios como en sus virtudes: en la potencia con que logró reactivar, en su momento, las imágenes más convocantes del peronismo, y la fuerza que ellas siguen teniendo.

Cristina ofreció versiones renovadas de todos los viejos mitos del movimiento, penetró con ellas en el alma peronista más que ningún otro dirigente desde Perón y Eva, mucho más incluso que Néstor, que si entró al panteón partidario, fue una vez muerto y de la mano de su viuda, un lugar en el que nunca llegó a estar Menem, ni pudo acercarse siquiera algún otro. Es esa fuerza estética y religiosa, más que política, la que le da permanencia. Y el problema es que la inhabilitación no se la quita, al revés, la refuerza, aunque sí le quita potencia política. De esta manera, ¿qué puede hacer un peronista sino rendirse ante lo incuestionable? Cualquier argumento, promesa o propuesta que pueda alguien formular en ese espacio va a chocar contra la fuerza del mito, la estampita viva del panteón identitario, y eso no tiene arreglo. Por ahora al menos, y puede que por un buen tiempo: tal vez hasta que se sufran derrotas más inapelables.

El centro no peronista espera su oportunidad

También el resto de la oposición lidia con el problema de la provincialización, porque sus gobernadores e intendentes prefieren, igual que los peronistas, concentrar esfuerzos en conservar sus territorios, no en desafiar a Milei. Y también ellos tienen problemas serios para reemplazar liderazgos nacionales en declive que resisten la jubilación.

La diferencia está en que estos actores tienen más fácil acomodar su agenda a la del grueso de los votantes. Porque buena parte de ellos vienen pujando por las reformas y la estabilización desde mucho antes de que el mileismo diera sus primeros pasos.

Por lo mismo, les es más fácil que al peronismo objetar los abusos y excentricidades de Milei: al hacerlo no tienen que dar explicaciones por haber desaprovechado la mejor oportunidad para la economía argentina en su historia, o haber inventado todo tipo de adefesios regulatorios para sumirla en el más frustrante aislamiento, o incurrido en déficits crecientes hasta destruir el peso y deslegitimado y desarticulado al aparato estatal.

Solo que, igual que para el peronismo, la arena de competencia que les queda es limitada: por ahora, y puede que por un buen tiempo, se concentra, además de en las provincias, en el Congreso. Que es además la arena de momento privilegiada por el oficialismo y donde él sigue necesitando más colaboración. Así que las oportunidades para que los moderados hagan un trabajo políticamente productivo y socialmente valorado no son tan limitadas como a veces se cree. Contar con buenas espadas legislativas, mantener una mínima cohesión en sus bancadas y proponer variantes convincentes a los proyectos que impulse el Ejecutivo son tareas mucho más relevantes que en otros momentos para esas fuerzas. Allí, tanto como en sus representaciones locales y distritales, está la base para que tarde o temprano puedan volver a competir con chances en las presidenciales.

publicado en TN, 12/7/2026

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