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La crisis venezolana causó otro muerto: la integración latinoamericana

Loris Zanatta

Nunca había gozado de buena salud, para decir la verdad, pero la incapacidad de los gobiernos regionales para enfrentar esa crisis de forma eficaz dice mucho sobre el abismo que separa las palabras y los hechos. Las palabras son conocidas y enfáticas: hermandad, bolivarianismo, unidad, identidad. Y puesto que la OEA huele a panamericanismo, tan despreciado, bienvenidas sean nuevas siglas orgullosamente panlatinas: UNASUR, CELAC y otros acrónimos más. Mucha retórica, en fin, y buena voluntad, sin duda, pero los hechos son prosaicos: frente al drama de un país cuyo régimen viola toda elemental norma democrática y además sufre una grave crisis humanitaria, todos estos acrónimos están demostrando ser cajas vacías, círculos buenos para charlar y tomar fotos de grupo, pero inútiles para expresar una posición común y ofrecer una salida. ¿Por qué?

Para responder a esta pregunta más vale ponerse otra: ¿en qué se basa la comunidad de países latinoamericanos? En teoría, más allá del comercio y de los intereses, de la historia y de la geografía, una comunidad comparte algunos valores, y a su vez esos valores se traducen en instituciones comunes. Tal es el caso de la Unión Europea, y lo mismo vale para los diferentes organismos panlatinos, cuyos estatutos declaran su fe en la democracia como sistema de gobierno y en el estado de derecho como valor.

Si es así, cabría esperar un masivo levantar de escudos, una indignada protesta contra el gobierno venezolano, responsable de aplastar la democracia y mofarse del Estado de derecho; gobierno que amenaza eliminar definitivamente a ambos con su anunciada reforma constitucional, que ofrece de la democracia una versión orgánica y corporativa tan querida por Francisco Franco y por las «democracias populares» de partido único e ideología de Estado ya conocidas en Cuba o Europa del Este durante la Guerra Fría. Pero no: los estériles debates de América Latina sobre Venezuela fotografían una región lacerada, atravesada por una cortina de hierro ideológica, dividida entre dos concepciones de la palabra «democracia» incompatibles entre ellas: la liberal, típica de los sistemas democráticos occidentales, que con el tiempo se ha extendido a muchos países que la habían rechazado, y la populista, basada en la creencia de un pueblo mítico investido de un derecho histórico a la hegemonía y al monopolio el poder.

Frente a esta división que tiene raíces antiguas y sobre la cual la retórica panlatina de la hermandad creó un espeso velo de hipocresía se impone sacar algunas conclusiones: la integración de América Latina es una quimera; lo es por muchas razones, pero una destaca sobre las demás, carece todavía de los valores compartidos sobre los que injertar un edificio institucional estable, resistente a los golpes de los cambios de gobierno en los distintos países y capaz de hacer valer su autoridad sobre los que lo violan. Baste decir que ante las denuncias de muchos países de la región contra el régimen de Nicolás Maduro, los aliados de Venezuela reaccionaron condenando la interferencia con la soberanía de Venezuela; una idea tan fetichista e instrumental de soberanía que no se entiende cómo será compatible con cualquier tipo de integración.

Cada experiencia de integración regional construye su camino, pero la europea, hasta la fecha la más exitosa, enseña un par de cosas.

La primera es que para integrarse hay que aflojar el dogma de la soberanía, reconocer el derecho de los socios a plantar la suya sobre lo que sucede en nuestra casa. Curioso: los soberanistas de hoy, los que gritan a los otros de no entrometerse en sus negocios, anduvieron por el mundo en busca de ayuda cuando las que agitaban argumentos similares era las dictaduras militares.

La segunda es que la integración basada en las instituciones democráticas liberales asume al pluralismo como un valor y permite la convivencia entre gobiernos conservadores y liberales, socialistas, moderados y nacionalistas. La integración nacional popular, en cambio, aquella que Perón quiso por un tiempo extendiendo la hegemonía argentina sobre la región, que luego intentó Castro promoviendo la revolución socialista hemisférica y hoy es defendida por los gobiernos del ALBA, supone la unanimidad política e ideológica de América Latina; lo que no sólo es imposible, aunque sólo sea por la simple lógica del equilibrio de poder dentro de un sistema de estados, sino que implica un enorme grado de coacción por parte de la potencia hegemónica que pretende extender a las otras su propio modelo; hasta que esa misma potencia termina aislada y sucumbe: así le pasó a la ambición peronista, así le fue a las revoluciones castristas, es lo que se repite hoy con el eje chavista.

Mientras tanto, el tren la de integración regional se escapa dejando tras de sí una estela de palabras vacías y un continente fragmentado. No es de extrañar: no es cierto que la historia sea magistra vitae; a lo sumo, nos dice cuáles son los errores que repetiremos.

publicado en La Nación, 28/6/2017

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