Contribuciones de los socios
Cambio fotos por preguntas. Malvinas tatuadas en los corazones
Vicente Palermo
A principios de 2022 encaré, sin mucha premeditación, una publicación en mi carácter de polemista crítico sobre la causa Malvinas. El propósito inicial era compilar todos mis textos periodísticos publicados sobre el tema desde 2003 hasta ese momento. Ese objetivo se cumplió fácilmente, puesto que los artículos ya estaban bien ordenados cronológicamente en mis directorios digitales. Sin embargo, el resultado fue, algo inquietantemente, diferente al esperado. Lejos de lamentarlo, el examen de ese resultado y la discusión de nuevos interrogantes suscitados por él con algunos lectores[1], han motivado estas notas, en las que creo que algo nuevo[2] puedo decir a partir de la experiencia.
Yo había resuelto preparar un libro compilando todos los artículos en lugar de organizar un texto unificado (como Sal en las heridas. Las Malvinas en la cultura argentina contemporánea, 2007), por dos razones. La primera, por pereza: los artículos eran muchos, en 2023 llegaban a 45, y una redacción coherente, sin reiteraciones, sin incoherencias, etc. suponía una inmensa cantidad de trabajo. La segunda estribó en un reconocimiento de mi espíritu polemista: me hice la ilusión de que amontonando artículos casi todos breves y de pluma ágil, iba a permitirme elaborar un texto abierto, accesible, que mantuviera las discusiones a flor de piel, en el que se pudiera entrar por cualquier parte, sin un orden convencional, y que pudiera ser actualizado en soporte digital en la medida en que publicara (lo que era previsible) nuevos textos. De hecho es así, la presente edición de Corazones Tatuados (2026)[3] tiene 62 artículos. Desconozco la mayor o menor eficacia de esta opción en términos de su alcance público. El hecho de que Corazones Tatuados se trate apenas de un e-book casero, traccionado a sangre, no ha contribuido mucho a su difusión.
A todo esto, revolviendo papeles viejos – de la preparación del libro Sal en las heridas, de 2007 –, encontré un sobre que contenía cinco o seis fotografías, todas ellas relacionadas a la cuestión Malvinas. Las tenía completamente olvidadas bajo el peso de casi dos décadas. Estaban relacionadas a Malvinas, sí, pero no eran de las islas, ni de su cartografía, ni de Puerto Stanley, ni de la guerra, ni nada. Documentaban la presencia urbana de Malvinas en la ciudad de Buenos Aires. Sentí esa irrupción inopinada de un pasado que al parecer tenía algo que decirme, en unos instantes de estrés que absorbí al caer en la cuenta de que esas fotografías, a juzgar por una rápida revisión mental de mis observaciones recientes, podrían haber sido tomadas en esos mismos días, 17 años después[4].

Con esas fotos en la mano, no tomé ninguna decisión, apenas me convertí en un fotógrafo (de celular, algo muy fácil) amateur y feroz oportunista y, sobre todo, ocasional: no buscaba las imágenes, simplemente las registraba al encontrarlas. Resalto esto porque es importante: no niego que estaba atento, pero la recolección de imágenes seguía mis pasos paisanos por la ciudad, y no al revés. No fui en procura de las imágenes, sino que figurativa y a veces literalmente, tropecé con ellas[5].
Advertí entonces que los objetos fotografiados, en su limitada pero no insignificante variedad (grafitis, carteles, murales callejeros, nombres de negocios, camisetas informales, gorros sport, pero también finas pilchas de vestir, camisetas de equipos de fútbol, estandartes futboleros en general, adhesivos de automóviles y colectivos, adhesivos y calcos de usos múltiples, llaveros, prendedores, tatuajes, monumentos y esculturas, placas conmemoratorias, cenotafios, y más tatuajes) eran en Buenos Aires ubicuos y omnipresentes, y estaban diría que silenciosamente incorporados a la cotidianeidad urbana, siguiendo los dictados teóricos del nacionalismo banal. Y remitían al mismo significado, que desde luego no son las islas. ¿Cuál es? No sé bien. ¿»Malvinas te queremos»? ¿»Las Malvinas son argentinas»? ¿»Reclamamos las Malvinas»? ¿»Malvinas causa nacional»? ¿”Te queremos y estamos orgullosos de vos”?
Consagrado ya a esa etnografía urbana y amateur, me resulta difícil precisar mi propia vivencia a la sazón. Difícil porque no puedo evitar hacer mezcolanza: cosas pensadas, cosas sentidas, cosas previas, cosas posteriores, razones, emociones, intuiciones, especulaciones, enojos, mucha emoción y más aún diversión.
Lo que descubrí es la presencia de un enorme conjunto de significantes (cada grafiti, cada chuchería en venta, cada camiseta chabona o blusa de vestir, etcétera), cuya presencia, por separado o en conjunto, no es estridente. Las imágenes a veces son palabras (sin la efigie de las islas), a veces son mixtas, a veces son solamente la efigie. ¿Se han convertido en invisibles? No parece. Han logrado en cambio ser obvias, en términos de naturalizarse en su sentido: un amor, un reclamo, que todos compartimos. Son obvios porque son un reclamo, una declaración que necesita expresarse: si en la calle uno tropezara con un desconocido enfundado en una camiseta que dijera «yo quiero a mi mamá», se desconcertaría; si la camiseta dijera «Boedo el barrio más porteño» se desconcertaría, pero menos; si lee en una remera «Las Malvinas son argentinas» no se desconcertaría (quizás hace 20 años sí) en absoluto, ni pensaría «este tipo es un fana«, supongo. A nadie extraña entonces que esos significantes estén en todas partes y de formas muy diversas. Aunque sus significados varíen. Los significados seguramente son variados, pero se entrelazan dentro de un marco amplio común. Diría que fui descubriendo esto, sin pensarlo casi: el éxito de una naturalización, sin invisibilización (no es fácil; al menos la mitad de las estatuas y esculturas evocativas porteñas están invisibilizadas).
Una vez fotografiadas, me parece, las primeras dos docenas de esos significantes, y mientras finalizaba la fácil tarea técnica de padronizar el texto de Corazones tatuados, fue como una bola de nieve. Había cierta ansiedad (completamente injustificada) por no perder ese material, por retenerlo antes de que desapareciera como la escarcha al sol de la mañana. Esto no cambió mis desplazamientos, no salía a cazar significantes malvineros (bah, una vez sí: cuando me sugirieron que me diera una vuelta por el estadio de Argentinos Juniors). Pero sí, me fue asombrando con su existencia a compás de mi mayor atención. Es como el porteño que cree que los buzones ya no existen más en la ciudad y cuando cae en que sí existen, se sorprende. No se sabe bien de qué. Y comienza a verlos por todas partes. Algo así porque una parte de su conciencia sabía que existen. Yo sabía que existían estos significantes, pero empecé a fotografiarlos porque los consideré, me parece, expresivos de la causa Malvinas, punto. Que no eran iconografía escolar. Pero fue cuando comencé a fotografiarlos, que me asombré por la abundancia y riqueza del conjunto.
Tampoco fue deliberadamente que lo que fue siendo una colección de fotografías terminara incorporada a la compilación y alterando radicalmente su estructura. Tomar y coleccionar las fotografías me estaba divirtiendo, creo que el peso de los significantes siguió hablando a través de ellas y terminó por imponerse.
Así y todo, debo decir que el significante que más impacto emocional me produjo es atípico. Atípico, quizás, en el contexto de mis prejuicios, pero en mi defensa puedo decir que entre las numerosas imágenes relacionadas con la guerra ésta sobresale por su singularidad. Está donde la puse, en el capítulo 48 de Corazones tatuados. El de los veteranos – sostengo allí – es un lazo muy sólido, que ha construido una historia y una estética. Y esa estética no es pura exterioridad, pura expresividad; hay también una interioridad profunda. Examinemos por un segundo este mural callejero. Está en la avenida Artigas, en Flores, decir avenida desorienta, Artigas al 700 es una simple calle, pasan pocos automóviles y los pocos peatones son vecinos. Y sin embargo ahí está, con su recogimiento, con su plenitud de sentimientos íntimos que abrigan la esperanza de ser compartidos. Es un mural en blanco y negro, la bandera ha sido pintada utilizando azules y amarillos muy tenues, no se ve casi.

Si lo traigo aquí, un poco fuera del orden lógico que debería tener este texto, es porque se trata de un buen ejemplo del impacto nada trivial de los significantes que han sido consecuencia de la tarea en la que me aventuré.
Ahí está ese mural, desafiándonos desde su serenidad a todos los que no somos – todos lo que, decididamente, no somos – malvineros. Desafiándonos a contracorriente, no desde la estridencia sonora o visual, desde la saturación expresiva, desde el eslogan, sino desde el silencio, la deprecación del rosario en las manos. El mural que nos habla de una voluntad mesurada, no de una exaltación, de un reclamo. Es un ruego a la Providencia, no una exigencia a un enemigo. Algo raro. Es todo un desafío. Los que no somos malvineros, ¿cómo vamos a superar ese desafío?
– Ustedes no han vivido una gesta sino una farsa, y no lo saben, o no quieren enterarse. Fueron víctimas de una dictadura militar responsable de que muchos de sus camaradas y amigos jamás volvieran, mientras aquí en el continente casi todos los argentinos celebraban “ir ganando”. La gesta que ustedes creen haber vivido, tiene pilotes de barro: son los de la causa Malvinas, que no solamente es frágil como reclamo soberano, sino que es nociva para la prosperidad argentina y la mejor integración de Argentina en el mundo.
¿Debemos decirles esto? Sí, debemos, y yo aquí mismo lo hago. Pero ¿quién puede decirnos cuál es el modo de dialogar con ellos? No podemos renunciar a la crítica ni dejar de exponernos a ella.
Reitero: hay una interioridad profunda. Solo que es en el caso de este mural, atípica, una interioridad de recogimiento. Pero sin dudas hay interioridades profundas en todos los significantes malvineros. Interioridades que acompañan a los significados; si por ejemplo un significado es el reclamo, la interioridad que lo acompaña ¿cuál puede ser? ¿Resentimiento, rabia, esperanza, orgullo, una cierta noción de dignidad? Hay interioridades de identidad, otras más convencionalmente políticas. ¿Tienen una base común – valga la redundancia – de sentido común? Tengo que pensarlo.
Como sea, la potencia expresiva de muchos significantes, típicos, suele poner entre paréntesis, si no borra, la presencia de esa interioridad. La imagen que nos ofrece el activismo estudiantil de la UBA parece puro estereotipo. La interioridad está, pero se disimula muy bien, y no tendría por qué ser de otra manera. La Unión de Estudiantes de Sociología, que se califica centro izquierda de Sociales, así lo ilustra.

Fue en algún momento en que la tarea de compilar los artículos se solapó con el incremento de la colección de fotos, que se me ocurrió intercalarlas, y hacerlo sin seguir un orden temático ni temporal (o sea, las intercalé al tun-tun). Es obvio que el título del e-book, corazones tatuados, fue inspirado por las fotografías. Todo eso lo hice sin pensar mucho. Sólo cuando terminé y me puse a escribir el prólogo (tal cual está) descubrí el efecto de enorme disonancia entre los dos niveles, los dos planos del libro: el escrito y el visual. Las palabras (mías): polémicas, incisivas, a veces hasta agresivas, pero argumentadas, jaja, «racionales», la furia mal encorsetada por las razones, aunque indisimulable. Las imágenes: no sabría decir algo nuevo de ellas por el momento. ¿Expresan más un impulso dado por una convicción, una fe, o una necesidad de reforzar la convicción, la creencia?[6] ¿Trasunta su expresividad puro goce identitario? ¿Acompañado de qué vivencias, emociones, sentimientos, entre el resentimiento, la hostilidad, el orgullo, la dignidad, la esperanza?
Los dos planos que integran el libro comparten, sin embargo, fuertemente, la necesidad de expresar y el placer de hacerlo: el mío volcado en la producción de textos de lidia, lo conozco bastante bien; y el plano que nos transmite las vibraciones del mundo malvinero, la producción de sus imágenes significantes. Este compartir es relevante, no necesariamente porque sea algo armónico (más bien no lo es), sino porque hay una carga de emocionalidad maciza en estas acciones. Algo así como la traslación de la indignación al goce a través de lo expresivo. Sin duda quien pinta un mural de Malvinas tiene una indignación, una protesta, un reclamo; pero ese proceso expresivo-identitario lo hace con placer, me imagino que es gratificante alejarse unos metros y mirar su obra terminada; por ejemplo. En cuanto a mí, soy un polemista impenitente, así que no preciso explicar. Como no sea mencionar la adrenalina.
Lo más obvio, no obstante, es que los dos planos riñen entre sí a lo largo del libro, de cada artículo que lo compone y cada foto que lo acompaña. Los textos procuran detonar la causa Malvinas y la causa se defiende con las fotos como un gato entre la leña. No fue un efecto buscado. Si hubo un efecto buscado, que no estoy seguro, era demostrativo, pedagogía pedante: si usted, lector, cree que estoy hablando de fantasmas, vea la causa en acción, vivita y coleando y vea cómo usted mismo, disculpe, no se da cuenta de algo que casi seguramente lleva consigo. A mí no me dice eso, ex post. Me dice, para mi desazón: aquí estoy para resistir, invencible. Hace mucho que salí de los libros, de los publicistas nacionalistas pechofríos, para sentar mis reales en el sentido común. ¿Detonarme? Olvidate.
La experiencia de las palabras, que abordaré en pocos renglones, fue una reacción a un artículo mío, por parte de un lector de Seúl. «¿De qué sirve – dijo, entre desdenes – que exista Vicente Palermo?». Sic, sic. Está comentado en el prólogo de Corazones tatuados (y en el e-book está el artículo que suscitó el delicioso comentario). Fue una experiencia límite. Qué traslación genial de un odio inhumano a una frase tan perfecta. Más de una vez me he preguntado qué hay dentro de esa persona, a quien no conozco. Sinceramente no lo sé; es fácil decir que es un resentido, un esclavo de su intolerancia radical, facilón. Pero viene a cuento para destacar cuán próximas están las palabras y las imágenes. Aun así, las imágenes significantes malvineras carecen – creo que sería imposible lo contrario – de esa perversidad. Esta sana carencia ayuda a entender algo que de veras querría entender, a saber, cómo entró, para quedarse, la malvinidad en el fútbol, con tanto éxito. El fútbol es pendenciero, procaz, pero ni siquiera malévolo (tiene bastante del sadismo machista sobre los hombres “frágiles”, sus cánticos, ahora mal reprimidos, creo que más que nada por la saludable presencia femenina en las canchas, solían ser horrendos; novedad que habla bien de él: en la medida en que deja de ser un deporte seguido y jugado por hombres, se extiende el manto de malestar cultural que hace falta; no es este tampoco un problema exclusivo de la causa Malvinas). El fútbol desafía, abiertamente, sin vueltas, jactancioso y destellante como la milonga urbana, y creo que eso la expresividad malvinera (que arroja desbocada sus verdades al mundo) lo tomó a su vez de él.
***
Siento que estoy girando alrededor de la misma pregunta sobre qué nos habla, de la causa Malvinas, el conjunto de sus significantes urbanos. Mejor agarrar al zorro por la cola, eligiendo algún tipo de significante, por ejemplo los tatuajes. Es más que obvio que pertenezco a una generación cuyo compromiso con el tatuaje era la perplejidad, no el uso, y menos un uso tan desbordante como el que hoy es común. Cuando yo era joven, el tatuaje en la Argentina era una rareza, y los pocos que se tatuaban lo hacían – tipo marinero, tipo maleante de las orillas – de modo discreto, en el bíceps, o el pecho. Algo casi íntimo. Y que yo recuerde nunca eran mujeres. Raúl González Tuñón es autor de un poema, Los ladrones, musicado magistralmente por el Tata Cedrón, que evoca esta sobriedad:
«a veces lucen un tatuaje en el brazo izquierdo, una flor, un barco y un nombre: Rosita. Todos los ladrones están enamorados de Rosita. Y yo también.»
La marginalidad y el amor, un orgullo comedido que se asoma apenas desde la intimidad. Quemando etapas – el empleo del tatuaje por la mujer no dejó de ser diminuto, discreto, aunque rayano en lo que cuatro décadas atrás justificaba el término hoy casi demodé de atrevido – el tatuaje se ha convertido casi en una vestimenta permanente que cubre el cuerpo. De gustibus non est disputandum. Y aun sabiendo que existen ahora técnicas que hacen reversible al tatuaje, mi percepción sobre él no ha cambiado nada: con el tatuaje no hay vuelta atrás, es para siempre. La preferencia futbolística, la decisión de hacerse un tatuaje, la malvinidad, son consecuencias de una decisión que es a su vez consecuencia de una decisión que no ha sido tomada. Es ficticia la situación en que un chico desde la nada se pregunta a sí mismo: ¿por qué club voy a hinchar? Más bien en un contexto familiar, barrial, social, futbolístico, un club decide por él (es emblemático el regalo paterno de la primera camiseta, aunque probablemente el ejemplo sea algo arcaico). Y para siempre. Uno es hincha de su club para toda la vida, hay que tener muy poco amor propio para pasarse de club. Y exactamente como en el fútbol, es imposible des-malvinizarse, tal como es imposible borrarse un tatuaje. Corazones tatuados no alude tanto a los corazones que se tatúan en el cuerpo, como a los tatuajes de Malvinas en los corazones.
Aunque de eso no me di cuenta hasta después de decidir el título del libro. Pero yendo otra vez a un plano más general, el de qué intentan expresar la persona o el grupo al tatuarse, vestirse, embanderarse, pintar las paredes del barrio. Ya dije, hay una caja negra que seguramente tiene contenidos muy diversos, que, me atrevo a sostener, no son argumentativos; la ortodoxia malvinera tiene argumentos convencionales, pero han sido absorbidos por la emoción, los sentimientos, el amor, la convicción y la fe, todas cosas que se refuerzan recíprocamente de un modo no ideológico, y en mezcla con el resentimiento, la ira, la santa indignación, la bronca, el odio, la obligación (a cumplir los mandatos de la causa), el deber, el orgullo. Mi impresión es que todos estos ingredientes están presentes, aunque el mix es siempre diferente (por ejemplo, no se distribuyen del mismo modo en todas las generaciones. La malvinidad está menos inficionada de resentimiento, creo desde mis prejuicios, en las generaciones jóvenes, muy post-Malvinas[7], donde hace pie el entusiasmo, quizás el orgullo). Hayan sido o no lava volcánica, o puedan volver o no a serlo, son ahora la roca dura que no se puede trepanar, la base inconmovible de sentido común de las acciones y los argumentos ortodoxos, convencionales. Pero esto ya es de manual para mí. Lo que destaco es la irreversibilidad. Malvinas es triádica: prohibido olvidar, lo único que une a los argentinos, volveremos. Pasado, presente y futuro; y como tal no tiene retorno. Por eso quienes se expresan no intentan transmitir algo unívoco, sino plurívoco, los significantes ponen en acto un conjunto de significados, aunque creo que no contradictorios.
A mi juicio, no es del todo precisa (lo que diré aquí tampoco lo es) la noción de que la causa haya reaparecido con fuerza en la cultura y en las canciones con el Mundial 2026. Tuvo lugar una inflexión en la trayectoria, como tantas otras veces, pero la causa no pudo reaparecer, porque nunca había desaparecido. Si algo hace patente mi recolección de imágenes, que comencé en 2021, tanto como la canción del Mundial de 2022 (los chicos de Malvinas que no vamos a olvidar) es la presencia plena de la causa, no en la memoria, sino en la vida cotidiana de los argentinos. De este hilo tiraré para analizar lo que a mi juicio dicen estas pocas fotos que siguen.
La primera de las imágenes (que como todos conocen no incluiré aquí) es hasta demasiado obvia, registrada en un número indeterminado de fotografías (ninguna tomada por mí): la imagen incandescente de la sábana blanca pintada de negro, flameada por el equipo victorioso en medio de la cancha, como un acontecimiento. Acontecimiento en el sentido específico de haberse tratado, a todas luces, de una acción espontánea (la diosa Fortuna dispuso la cadena de casualidades), ninguna persona sensata podía pensar que eso hubiera sido preparado. Pero es imposible evitar hablar aquí de esa imagen y sus muchas fotografías, porque expresan algo nuevo. Con las cuatro y más famosas palabras de la causa, por primera vez la causa se expresa al mundo entero. Literalmente. Hazaña, tal anunciación, que solamente el fútbol puede permitir, y pudo permitirle a la causa.
El tiempo dirá qué ha de perdurar de sus efectos, que por ahora no podemos predecir. Pero, ¿cómo se ven ahora a sí mismos los malvineros? Los imagino embriagados por una sensación de plenitud: han logrado hacer saber al mundo entero de su causa y su justicia. Puede que ese conocimiento sea tan fugaz como incandescente. Puede que no. Habría que especular sobre las corrientes dominantes en el contexto internacional. Y sobre la sustentabilidad de los mensajes transmitidos en los medios y en las redes. Pero mientras tanto han logrado una inédita victoria. Es sobre todo una victoria hacia el interior, quiero decir: el confortamiento y la seducción hacia el interior que esta victoria hacia el exterior hace posible. Dardo Cabo en 1966 logró bastante de ese efecto, en un ámbito puramente nacional, al levantar el ánimo de las entonces alicaídas huestes juveniles peronistas. Esto está en una línea parecida: una «pequeña» victoria moral mundial refuerza y galvaniza al conjunto de seguidores de la causa, supongo que comenzando por las hinchadas (las banderas desplegadas en los partidos locales llevan la efigie de Malvinas acompañando las del Club, pero eso ya venía de antes) y los veteranos.
Ya tuvo, empero, un primer efecto, bastante desgraciado para el prestigio de la causa tanto como para el de sus críticos, creo: Milei y su eminencia gris se la apropiaron brutal y estólidamente, y están haciendo el ridículo: Gran Bretaña “colonizada por los musulmanes”, el amague que se morfaron con Trump – que sin ningún empacho para hacer patente lo mucho que le importa Milei intercede por «los intereses» empresariales estadounidenses, y quiere suprimir en la ONU nada menos que el Comité de Descolonización, pieza fundamental para la ortodoxia diplomática –, y posiblemente hayan dado un paso en falso al llevar a la CONVEMAR el litigio por explotación de petróleo). Pero la causa Malvinas sobrevive a eso, lo puede sobrellevar.
La otra foto es un poco posterior, también de esas semanas calientes del Mundial, y aquí puede verla el lector. Su genialidad jeroglífica es impresionante. La identificación perfecta entre fútbol y Malvinas, las tres estrellas y la efigie del archipiélago simbolizan como significantes de sendas victorias. O sea, está bien, la cuarta estrella ya vendrá, pero en compensación nuestro ahora es Malvinas. Hay una diferencia interesante, ja. Las tres estrellas son significantes de campeonatos jugados y ganados. ¿La efigie qué significa? Significa también, ciertamente, una victoria conquistada. Y mundial. La de la causa como tal. La causa triunfa como tal, no cuando recupera las Malvinas. Triunfa cuando es capaz de compartir su promesa. No quiero hacer comparaciones desmedidas, pero es algo tirando a misional.

Elegir una nueva imagen entre la veintena post-Mundial de que dispongo no me resulta fácil, pero me quedo con esta:

No pedí ser argentino. Sólo tuve el privilegio. Está tomada en el interior del Varela Varelita, como se observa. El Varela Varelita es, nadie lo ignora, un café tradicional del barrio de Palermo, conquistado por una clase media joven y politizada (despectivamente: «progre») desde hace décadas; sobrellevó como pocos el trasvasamiento generacional (el Chacho Álvarez que lo diga). Ahí aterriza cómodamente la causa, y ¿transmite qué? Orgullo. Orgullo de ser argentino.
La causa Malvinas incrustada en el símbolo patrio (incrustación que he registrado en unas cuantas fotografías desde 2021): lo orgullece y nos enorgullece. Tenemos el privilegio de ser, de que nuestra identidad sea, malvinera. Porque queremos la justicia, porque tenemos memoria, porque defendemos lo nuestro, porque sabemos pelear por una causa y tenemos fibra, porque somos empeñosos, porque el mundo nos queda chico, etc.
Y porque somos cultos, por si fuera poco: el que pintó la bandera sabe que solo lleva acento cuando sustituye al adverbio solamente, y se tomó la delicadeza de poner la tilde; todo un detalle. ¿El orgullo malvinero se incorpora elocuentemente al orgullo nacional compensando la penuria de otros motivos? ¿Es por eso que se entiende tan bien con el fútbol, donde nos va a pedir de boca? El problema con el tango (donde también nos va buenísimo en el mundo y no le pusieron las reglas los ingleses) es que es más difícil de politizar, no es agonal. Al tanguero como tal la política no le interesa. Pugliese era comunista, Troilo peronista, esas eran cosas que a nadie en el mundo del tango les importaba (ni les importa).
Es un orgullo muy narcisista el malvinero; un orgullo de compensación, diría. Estamos los argentinos llevando una herida narcisista fea, hay demasiados motivos para eso, y la decadencia es un ámbito ideal para que esas heridas duelan (no es lo mismo estar, pongamos, en el nivel cinco, subiendo del dos, que cayendo del ocho), y también, por tanto, para dar rienda libre a las reacciones. Y Malvinas es una de las reacciones centrales: no poseemos las islas, pero la causa es nuestra y nos enorgullece. Es cierto, una identidad no puede constituirse sin componentes de narcisismo, de amor propio, de orgullo. Una identidad, sin pretender definirla aquí, da albergue a un conjunto de componentes, aun aquellos que atormentan, que pueden proporcionar goce y regodeo. La identidad es un espacio en el que el goce y el sufrimiento están inevitablemente próximos, el puro goce identitario y el puro padecimiento identitario no existen.
Me permito un ejemplo simple y el más despolitizado que encuentro. Mi identidad porteña es compleja, obviamente; pero uno de sus componentes es el de valorar las peculiaridades urbanas de Buenos Aires. Conozco algo el mundo y puedo decir que entre las peculiaridades de mi ciudad se cuenta la conjugación de: los ombúes gigantes y los gomeros descomunales; las cúpulas; los buzones cilíndricos y colorados; la prodigalidad de esculturas, la magnificencia de arborización viaria[8]. El que me quiera corregir mejor que primero revise un manual de teoría de los conjuntos. Por supuesto, esa conjugación es imaginaria; pero la constatación cotidiana de lo que considero una marca porteña es para mí gratificante. Sin embargo, en el mismo momento no puedo dejar de sentir algo tan incurablemente porteño como la sombra del tiempo: una esquina en la que dejó de haber un buzón, una cúpula de la que sólo queda su armadura, un enorme gomero cuyos brazos precisan ser apuntalados, una estatua penosamente deteriorada, una calle huérfana de árboles. No en todas las cosas el goce y la pena melancólica se experimentan al mismo tiempo, pero aquí sí. En el seno de la misma identidad.
La causa Malvinas para eso se presta de maravillas. En 1983 una película, la película de la transición a la democracia, tuvo un éxito de taquilla fenomenal: La República perdida. El goce no estribaba en haberla perdido sino en la realidad casi prometeica de haberla recuperado. El orgullo de haberla recuperado. Pero no se puede negar que estaba acompañado de una agridulce conmiseración, por lo que no habíamos sabido conservar, por los laberintos en que nos habíamos dejado extraviar. Otra narrativa justa (sin entrar en detalles) y entrelazada con la recuperación de la república es la de la capacidad colectiva de juzgar y condenar, y organizar el nunca más, y la memoria necesaria para la plena vigencia de los derechos humanos. El goce y el padecimiento identitarios se conjugaron también allí, casi de golpe y porrazo en tres años desde el final de la guerra en junio de 1982 hasta el Juicio a las Juntas, en lo que se perfiló como una reformulación de nuestra identidad. Luego las vicisitudes de lo colectivo, los golpes que sufrieron las instituciones, la deriva económica y social, la pobreza y los aprietos en los que hemos colocado a las nuevas generaciones, hicieron que nuestra trayectoria identitaria democrática no fuera tan vibrante como, aun con altibajos, fuera nuestra trayectoria identitaria futbolística. La causa Malvinas ya estaba preparada para tomar la posta, al alcance de nuestras necesidades de identidad y orgullo, goce y padecimiento. Y por ahí nos fuimos. Los activos democráticos no eran despreciables; sin embargo, la causa nos ofrecía algo que ellos no podían ofrecer: fe; intangibilidad, inmunidad (si se bancó 1982…). No tenía que someterse al examen cotidiano de los hechos sociales, implacables. Tenía un componente, una condición religiosa. No digo que esté mal ni bien, pero a la democracia le pedíamos que pagara al contado inmediato nuestra confianza, mientras que en la causa depositamos toda nuestra paciencia.
“Lo único que une a los argentinos” es una tremenda hipérbole para denotar identidad. No nos queda nada, nos dice pérfidamente esta hipérbole perfecta, tan perfecta como indignante, nada que nos dé el orgullo, el amor propio, el coraje moral para recomponer el narcisismo que precisamos para sostener una identidad, como no sean las Malvinas. La decadencia nos ha ido tronchando los motivos de orgullo, al punto que, entre mil ejemplos, arañamos el fondo de la olla diciéndonos a nosotros mismos que “todavía no somos un país de mierda”. Nuestras dimensiones igualitaristas no nos enorgullecen, al contrario, están en aprietos, para algunos, porque las extrañamos como cosa del pasado, y para otros, porque son inoportunas, estorban. Y las dimensiones republicanas no nos interesan, actualmente se ha impuesto la creencia frívola de que no nos sirven para nada, se ha identificado la vida republicana, de un modo increíblemente primitivo, con «preocuparse por las formas». Ya va a pasar. Por ahora, el modo de contar nuestra propia historia es o absurdamente épico o absurdamente decadentista (no decadentista en el sentido de que efectivamente Argentina ha decaído, sino en el patético de que perdimos un pasado dorado). ¿Que nos queda entonces para sostener la identidad? Las Malvinas.
¿Las Malvinas? ¡No! Nada que ver. No se trata de las islas, se trata de la causa. Los argentinos, lo reitero, no poseemos las Malvinas, que son nuestras, pero poseemos la causa Malvinas, que es más nuestra aún. La queremos y cultivamos, a la causa, la tenemos siempre presente, en los medios y los libros, en las calles y los grafitis, en el fútbol y otros deportes, en los cánticos, las camisetas, los tatuajes. No la sufrimos, la disfrutamos. O, mejor dicho, la gozamos y la padecemos; el goce y el padecimiento se necesitan recíprocamente, un buen dueto para respondernos sobre quiénes somos.
De hecho, en la causa conviven el tormento de la falta con una promesa perenne: en alguno de sus vericuetos se aloja la convicción de su potencia redentora para sacar a la Argentina de su decadencia. La causa señala el camino, la unión de los argentinos. Ufa.
***
Pero la malvinidad no es homogénea, tiene forzosamente niveles. «La base está», ¿quién no lo escuchó? La base es una malvinidad de baja intensidad, cuyo arraigo es firme, cuya adhesión es generalizada, sólida, coherente, permanente e indefinida. Constituye así una base social que es todo una con la propia base de la sociedad y que tiene garantizada su reproducción porque se desenvuelve pegada a los propios mecanismos de reproducción social. De sus materiales forma parte la producción constante de significantes discutida en este artículo.
Es esta base la que hace posible, debido a su firmeza y amplitud, todos los otros tipos de adhesión (inclusive aquellos que son luego fáciles de ser leídos como “manipulación”). Hay una cierta identidad, más bien un componente de identidad cuyo alcance es mayor al de credos, ideologías (incluyendo por supuesto al nacionalismo), etc. Se es así malvinero de baja intensidad casi sin saberlo, como habitualmente se es argentino sin pensarlo. Y del mismo modo en que puede pasar mucho tiempo sin que una persona atraviese momentos de argentinidad activa, raramente se pasa a una malvinidad activa, y cuando se pasa es, de cualquier modo, fugaz. Se parece a la de un hincha moderado de fútbol, más que a la observancia religiosa, al menos en que ésta está más expuesta a crisis y a rupturas provisorias o definitivas. Un hincha de fútbol puede dejar de seguir a su equipo, de ir a la cancha, pero sigue siendo hincha de su club.
¿Cómo se forma está malvinidad de baja intensidad? No hay mucho misterio, pero sí una larga historia. Los aparatos ideológicos del estado (sí, sí), los medios, las familias, la cultura popular, la transmiten… como lo más natural del mundo, sin advertirlo, del mismo modo en que transmiten tantas otras cosas.
Seño, ¿qué es irredento?
Firme reclamo argentino a Gran Bretaña en las Naciones Unidas.
Una causa justa en manos bastardas.
El gaucho Rivero ¿figura legendaria?
¿quién nos habla aquí de olvido, de renuncia, de perdón?
Bueno, sí, es una malvinidad apacible, no inquietante. Pero está muy bien asentada en los pilares territorialistas, unanimistas, victimistas y decadentistas del nacionalismo argentino. Es pacífica, en el sentido de que no tiene tensiones internas (esto está en línea con la teoría, las causas reabsorben tensiones), es pasiva, inmóvil; y territorio, historia, cultura, se casan muy bien, y si hay demandas de orden, exigencias, no tienen aristas, son más bien romas, aunque un poco culpógenas, nos imputan una serie de pecados veniales (no somos suficientemente patrióticos, debemos recuperarlas y no hacernos los distraídos, son argentinas y no les damos importancia, no le plantamos cara a la desmalvinización, etc.), cierran bien y nos dejan vivir en una observancia limitada. Los grandes mandatos de la tríada (prohibido olvidar, la causa es lo único que une a los argentinos, volveremos), que son super pesados, están siempre presentes, pero modulados, inertes. Como leones somnolientos.
La base está[9], y está indolente pero firme como la de la pizza, y sobre ella se construye el activismo. Los activistas son pocos y hay que admitir que son los que quieren ser, nadie los obliga. Bueno, los docentes un poco obligados están. Pero tienen margen, un margen bastante amplio. El activismo es desigual en grado y alcance. Publicistas de distinto origen profesional, académicos especialistas en muchas cosas, periodistas. Asociaciones voluntarias que «militan» la causa: comunitarias, clubes, y por supuesto la gran novedad histórica de los veteranos (cuya composición interna es peliaguda de resumir en dos líneas). Las burocracias públicas: los diplomáticos y los militares a la vanguardia (tanto unos como otros pueden permanecer en «la base» sin problemas, dependiendo de los destinos).
Por fin el sistema político, o lo que queda de él. Los partidos, los dirigentes, llevan, digamos, la camiseta puesta pero debajo de su indumentaria civil (algunos son como aquel hincha de Boca de un programa humorístico de TV de los 60 creo). Hay más militancia en el nivel local, pero llegado el caso los dirigentes nacionales conocen el libreto de la causa perfectamente y se arremangan. Qué se puede decir y qué no. Son pocos los que se atreven a decir que aquí no hubo ninguna desmalvinización. Y que la denuncia de desmalvinización ha sido un hábil ariete para malvinizar.
Sostenida por esta mezcla difusa de base de baja intensidad y activismo malvinero, que mantiene un movimiento continuo, se edifica la política malvinera más proactiva; es la que se expresa, en el fútbol, en las calles, en la esfera pública, en los medios y redes, etc. Son los numéricamente escasos, pero extremadamente activos, embanderados de la causa, que emergen desde el activismo más o menos constante y tienen capacidad de poner en movimiento al conglomerado. Capacidad sólo latente; las circunstancias favorables no dependen de su voluntad.
Complementariamente, junto a la producción constante de «presencia» malvinera común, y llamaradas de activismo intenso, pueden a veces tener lugar grandes aventuras políticas disparatadas, que procuran sacar provecho de la promesa electoral o de popularidad que abrazar la causa acarrea. O protegerse de los riesgos de pérdida de popularidad o electoral que en teoría conlleva oponerse o ser indiferente a la causa.
Hemos presenciado los tres actos de este drama en 2026. La base estaba, aunque con la inminencia del Mundial ganó en intensidad la presencia de la causa en sus elementos y prácticas cotidianas; en el contexto hiper movilizado por el fútbol, la semifinal con Inglaterra fue, más que llamarada, irrupción volcánica que tuvo su momento álgido bien conocido, luego del partido. La propagación del impacto fue infrecuente, y proporcionó un contexto muy prometedor para dos delirantes como Santiago Caputo y Javier Milei.
Que creyeron que todo era soplar y hacer botellas (es inevitable que los malos políticos en algún momento muestren la hilacha de creer que la gente es idiota). Una sucesión de dislates, como han cometido políticos y dirigentes de distinto tipo durante el siglo XX, urgidos por conservar o ampliar sus bases de popularidad. Empatía y captura take away. Pero procuro no equivocarme: la política no está aquí manipulando un sentimiento no político. Nada de eso. Si se manipuló o no, es otro cantar, pero si se manipuló, lo manipulado aquí es de por sí político. La causa nace multidimensional, es política desde su raíz, es esencialmente un fenómeno político cultural, no por el diferendo territorial o por su historia, sino porque es en sí misma un lazo político.
Las horas más gloriosas de la aventura malvinera de LLA – hasta el momento – las recuerdo aquí no a modo de crónica – que igual estaría bien – sino para ilustrar la potencia mortífera de la causa, que parece estar a disposición, de brazos abiertos – tal es su riqueza semántica -, oferente, al alcance del primer tonto que decida disponer de ella. Primero, el presidente dispuso usar Malvinas de… vehículo de un proyecto de ley de patente inconstitucionalidad, cuyo artículo 111 establece una tipificación penal borrosa y la penalización del disenso (“ley Malvinas”, sic). Pocos días después, la eminencia gris declaró haber encontrado un motivo más para recuperar Malvinas: la colonización de Gran Bretaña por el Islam. De inmediato contó con el apoyo público de Milei. Malvinas disfruta de un up grade, pasando de ser apenas una causa nacional, a ser una causa de Occidente.
La malvinidad no es para principiantes. Lo que hace peligrosa a la causa Malvinas no es su supuesto primitivismo sino su calidad real. Me gustaría ser un adversario a su altura.
[1] Corazones tatuados. Causa Malvinas y polémica cívica; Ediciones Teresita Maratea, 2023, Buenos Aires. Se trata de artículos periodísticos todos breves, con la excepción de dos textos más largos y de corte más académico, uno dedicado a las posibilidades de acción diplomática ante Naciones Unidas y otro comparando la cuestión Malvinas con la cuestión Gibraltar. La primera edición puede bajarse con el siguiente link: http://bit.ly/corazonestatuados.
[2] Agradezco a Marcela Bertolini, directora del Observatorio de Investigaciones Psicosociales BTL, el diálogo que disparó la redacción del presente texto, en el marco del proyecto compartido actualmente en curso. Asimismo agradezco a Pablo Avelluto, por su estímulo y nuestro cambios de ideas.
[3] No dispone de link; pero puedo enviarla gratis por correo electrónico (vicentepalermo@gmail.com) a pedido de cualquier lector.
[4] No necesariamente, al menos en lo que se refiere a las técnicas y los lenguajes. La más interesante y desfachatada, y que aquí reproduzco, sacada en la estación de FFCC Sarmiento en Once, resulta anticuada.
[5] Más adelante, en algunas ocasiones, fui atraído por la producción visual de los medios, y comencé a incorporar fotografías periodísticas. Pero las que están presentes aquí y en Corazones tatuados son básicamente parte de una recolección urbana, personal, aleatoria, apoyada en mis movimientos por la ciudad, y no resultado de una búsqueda.
[6] Tipo Blas Pascal: “Arrodillaos, moved los labios en oración, y creeréis”. No lo creo. Anticipo del prolongado ejercicio que llevó a cabo Emmanuel Carrère. No le dio resultado.
[7] Empleo por primera y única vez en el texto Malvinas como metonimia de Guerra de las Malvinas. En términos discursivos, probablemente esta metonimia sea en el léxico malvinero coloquial la novedad más importante, y muy sugestiva.
[8] Corroboré la excelencia de la arborización porteña en calles y avenidas a partir de comparaciones mundiales consultado a META IA; en lo que se refiere a ombúes, gomeros, cúpulas, buzones y esculturas no creí necesario valerme más que de mi propia experiencia.
[9] Está… ¿desde cuándo? Y ¿cómo? En lo que va del siglo, Rosana Guber, Federico Lorenz, María Inés Tato, Guillermo Mira, Fernando Pedrosa, y yo mismo hemos puesto atención – desde enfoques muy diferentes – a la dimensión cultural de la cuestión Malvinas. Recientemente Sebastián Carassai ha hecho un aporte relevante al considerar exhaustivamente un pilar de la cultura popular como es el cancionero. Malvinas haría allí su entrada con la marcha de 1941 (la del manto de neblina). Carassai sostiene que la canción malvinense se desenvolvió por fuera de las élites, y con ideas díscolas: más intemperantes que las de la Cancillería argentina. Es convincente. Su análisis llega hasta 1982. Luego de la guerra, y lo que sigue corre por mi cuenta, y del pacto constitucional (1994), está todo más mezclado. En lo que va del siglo, creo que la imagen ha ganado centralidad a expensas de la canción (¡no absolutamente!) y se ha configurado un impasse (probablemente en su doble significado, callejón sin salida y compás de espera) muy inestable pero quizás perdurable: nadie sabe qué hacer y todos saben que se debe hacer algo. Hacer algo no necesariamente para “recuperar las islas» sino para dejar de pagar los costos que nos impone que la cuestión Malvinas continúe mal resuelta.
publicado en Nuevos Papeles, 30/10/2026
Dejar un comentario
Recogemos los comentarios, críticos o favorables, que amplíen los conceptos y/o contribuyan a una discusión respetuosa. El CPA se reserva el derecho de no publicar aquellos que no satisfagan estas condiciones.
¿Por Qué?
Preguntas (y respuestas)
para pensar la Argentina
Todos los domingos de 14 a 15
por Radio Ciudad, AM 1110
Haciendo Pie
Dos horas de análisis sobre los
grandes desafíos de la Argentina
y el mundo.
Todos los domingos de 12 a 14
por Radio Ciudad, AM 1110
Contribuciones de los socios
Verdad e Inteligencia Artificial
Alejandro Poli Gonzalvo
La Nación, 3/11/2026
leer artículoHundido Bolsonaro, tocados Netanyahu y Trump, ¿se le viene la noche o una buena oportunidad a Milei?
Marcos Novaro
TN, 1/11/2026
leer artículoDocumentos
Declaración del CPA – La Democracia no necesita hogueras
Buenos Aires 26 de octubre de 2026
leer documento