“El 18 de octubre de 1949 cumplí 18 años, y ese mismo día me afilié a la Unión Cívica Radical. Lo recuerdo como si fuera hoy. En el San José teníamos clase mañana y tarde, hasta eso de las seis, y quienes vivíamos en los alrededores íbamos y veníamos del colegio, naturalmente, caminando. Yo siempre hacía el mismo recorrido, ida y vuelta, por Obispo Trejo, hasta Pueyrredón, donde estaba mi casa. Pero aquel día, no sé por qué, algo me impulsó a cambiar el recorrido, salir del colegio, doblar por Duarte Quirós y subir por Vélez Sársfield. Crucé la plaza y me encontré con la Casa Radical. Los cuatro escalones de acceso que tiene ahora son los mismos de entonces, al igual que la puerta de calle, que chirriaba bastante.
Recuerdo este detalle porque durante muchísimos años tuvo el mismo chirrido y no sé si aún lo tiene. Me presenté, me preguntaron qué me traía por allí, todo esto sin tuteo, porque por aquella época no se estilaba.
Al rato entra un señor bajito, con rulos, que era don Pedro Sorrentino viejo. Yo advertí que estaban esperando la llegada de alguien importante.
Inmediatamente, se abre la puerta principal y aparece un hombre de pelo entrecano y traje azul cruzado. Era el presidente del Comité Central de la Provincia: Arturo Illia. Le da la mano a cada uno, inclusive a mí, me pregunta quién soy, repitiendo la requisitoria anterior, y dice: “Pasen”. Yo, por cierto, no me di por aludido.
Tenía dieciocho años y había entrado por primera vez a la Casa Radical hacía no más de media hora. Entonces Illia se da vuelta y dice: “Usted también, joven”.
Extracto de “La memoria necesaria”, autobiografía de Eduardo Angeloz.
En la década del 70 la Unión Cívica Radical estaba dividida en tres grandes sectores de predicamento nacional: el Movimiento de Renovación y Cambio (fundado por Raúl Alfonsín en 1972), Línea Nacional (orientada por Ricardo Balbín) y Línea Córdoba (encabezada por Arturo Illia). Al morir Don Arturo en enero de 1983, Angeloz se convirtió en el principal referente del radicalismo cordobés. Ambos se habían fogueado en la escuela del sabattinismo, una mirada de política nacional convencida de la necesidad de un Estado activo, que no se limite a custodiar las leyes sino también a crear derechos, extendiendo la democracia del plano político al social. Por eso encontró en Domingo Felipe Cavallo su principal adversario durante los años noventa. Cabe recordar que en las elecciones legislativas nacionales de octubre de 1993, mientras Angeloz promovió la candidatura a diputado nacional del periodista Nilo Neder, Cavallo apadrinó –exitosamente a la postre- la de Schiaretti.
Pero, ¿Cómo invocar su figura en pocas líneas sin caer en el panegírico o la crítica fácil? ¿Qué Angeloz preferimos recordar en su hora final? Toda elección tiene una dosis de arbitrariedad. Yo elijo acudir a la última sesión del Senado Nacional antes del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Leo en el Diario de Sesiones de la segunda semana de marzo que exigía la investigación legislativa de los secuestros de personas como “advertencia” tanto al Poder Ejecutivo encabezado por Isabel Perón como a las Fuerzas Armadas. Y añadía: “Debo confesar que el día de hoy he golpeado todas las puertas: la del señor ministro del Interior, la de la policía federal, la de algunos hombres del Ejército. Y el silencio es toda la respuesta que he encontrado. ¡No tengo que decir al pueblo de Córdoba! No sé cómo volver y expresarles que desde esta banca aparezco impotente para proteger la vida de los habitantes de Córdoba, que la norma no se respeta, que la ley es algo vacío (…) Pero alguien tiene que dar la orden, alguien tiene que decir la palabra definitiva para que no circulen más por Córdoba los automóviles armados, los “Torinos” negros o colorados con las Itakas y las ametralladoras, asomadas por las ventanillas con toda impunidad (…). Confieso que hoy, tal vez ha sido el día más amargo de mi vida como senador. No he encontrado una sola respuesta a mi angustia”.
Para Angeloz, la presidenta debía renunciar y se debían anticipar las elecciones “para evitar el advenimiento de un gobierno militar que no sabemos de qué color, ni por qué tiempo, se mantendrá en el poder”, señalaba en el diario Los Principios en su edición del 10 de febrero de 1976.
En 1982, compartió con Alfonsín su crítica a la guerra de las Malvinas. El comité provincial condenó el “salto al vacío” dado por los militares y los civiles que los acompañaron. Y se abrazó con Illia en su crítica al general Bignone. Cuando el sucesor de Galtieri sostuvo en un discurso, “el que esté libre de culpa que arroje la primera piedra”, Illia le respondió: “Yo tengo piedras en las manos”.
Durante sus tres gobiernos intentó ser fiel, me parece, al acervo cultural en que se había formado. Intentó construir una versión local, modesta y de eficacia relativa, de Estado de Bienestar a contraviento de la crisis nacional y los vientos neoliberales de los años noventa. Con éxitos y limitaciones fue, a la postre, un militante de la nueva cultura política democrática que había asomado en los años de Alfonsín.
publicado en Diario Alfil, 24/8/2017
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