Contribuciones de los socios

Kirchner y Milei en espejo

Nancy Sosa

Los cambios ideológicos abruptos y polarizados, es decir, los giros extremos en las decisiones electorales pueden significar el hartazgo de una sociedad respecto de un signo político, pero también un salto al vacío por el desconocimiento del ideario presuntamente transformador.

Las olas de izquierda y derecha tuvieron, y tienen, sus momentos en el continente sudamericano, en los cuales los inconscientes colectivos detectan, invariablemente, que las promesas de los gobiernos de cualquier signo que decidieron apoyar no resultan favorables a los intereses de sus propios sectores sociales.

En Argentina ha ocurrido esto, se vive en el presente, y no hay marcha atrás porque la vocación democrática indica que las sociedades tienen la obligación de aceptar las decisiones mayoritarias hasta el final de los mandatos.

Sobre el curso de los dos últimos períodos presidenciales cabe preguntarse: ¿satisfizo a la sociedad argentina que en el gobierno kirchnerista el presidente Alberto Fernández le haya prometido y publicitado a su par de Rusia Vladimir Putín que Argentina sería la “puerta de entrada” del comunismo a América Latina?

Del mismo modo, tras el recambio presidencial, surge el mismo interrogante, al revés: ¿satisface a la mayoría de los argentinos que el presidente Javier Milei concrete alianzas preferenciales solo con los Estados Unidos, y encolumne a los argentinos detrás de una economía de mercado distorsionada, de Donald Trump y de un liberalismo libertario repelente de la democracia y de la vigencia del Estado?

Solo por la conservación a ultranza de una malsana polarización política puede ocurrir el desvarío de intentar sumir a una población bajo los designios de una izquierda impura por veinte años, y luego girar sin escalas a la extrema derecha para imprimirle a una sociedad un cambio cultural tan ajeno como pretendió hacerlo el gobierno anterior.

Es entendible, entonces, el paroxismo político y social, la exaltación extrema de los afectos y las pasiones por los cambios de vida impreso, primero por una economía desencajada a causa de una presunta generosidad social por ambición electoral, luego por una economía de mercado mezquina, con reglas confusas y beneficios visibles para un sector minoritario.

El escenario político semeja una comedia, que podría mover a risa si en el medio no hubiera 47 millones de personas padeciendo los desastres y aprovechamientos de uno, y las “sorpresas” y atropellamientos del otro. Es lógico que el zarandeo deje a un pueblo enajenado, paralizado en un lugar donde no sabe a ciencia cierta de qué izquierda ni de qué derecha le están hablando.

Son, sin dudas, ideologías diferentes, pero hacen las mismas cosas y depositan las malas consecuencias en los mismos sectores desfavorecidos.

Respecto de la expansión del poder, derechas e izquierdas piensan de la misma forma. Creen que si nuclean a quienes coinciden en el pensamiento lograrán imponer sus “principios” y extenderlos a todo el continente. El anhelo de constituirse en poderosos se refleja en el mismo espejo de izquierdistas y derechistas extremos.

Por ejemplo, el kirchnerismo armó la UNASUR para consolidar una masa crítica entre países latinoamericanos con gobiernos de distintas tonalidades de izquierda. La ola de una izquierda dominante estaba de moda, en el principio del siglo XXI. A decir verdad, esas izquierdas tenían un tono abiertamente pragmático y disimulaban los matices entre los mandatarios.

Ahora, el mileísmo quiere hacer su Cumbre Azul, con los presidentes latinoamericanos más o menos liberales, o libertarios, que no es lo mismo. El impulso proviene del manual de Steve Bannon, uno de los ideólogos de MAGA, la plataforma de lanzamiento de Donald Trump. Bannon no cesa de asesorar a sus seguidores y formar dirigentes de orientación liberal que llegan a ser presidentes en cualquier lugar del mundo. Configuran la “ola de la extrema derecha” desde la segunda década del siglo XXI.

Para trazar su camino, en 2003 los Kirchner siguieron desde lo intelectual el Análisis Crítico del Discurso y los aportes del discurso político y populista de Patrick Charaudeau, como mediación de sentido constitutiva de lo social que analiza las relaciones entre demandas, identidad y antagonismo. Por su parte, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe agregaron un nuevo marco para la política de izquierdas y la construcción del enemigo necesario.

Milei tuvo otra escuela. El filósofo Luis Diego Fernández dijo en una entrevista para Infobae a la Tarde que era “el más citador” de los presidentes argentinos, además de ser el “primer presidente libertario del mundo”. Para Fernández ahora Milei es un “paleolibertario, una escisión del libertarismo, y es reaccionario”. Sus maestros fueron Mises, Hayek, Rothbard, y aunque no lo cita mucho, a Ayn Rand. Casi todos sostienen la necesidad política de crear un enemigo, pero básicamente persiguen la demolición de la democracia y sus instituciones.

El parecido entre Néstor Kirchner y Javier Milei es sorprendente: se nutren de los de afuera.

Tanto Bannon como Peter Thiel son en la actualidad virtuales mentores del actual presidente, y Trump es su padrino y mandamás. Santi Caputo se formó con Jaime Duran Barba, un reconocido asesor político de gran experiencia en países latinoamericanos y un académico de primer nivel. Luego, Caputo se emancipó y entró a hacer de las suyas. Por su intervención Milei será en el futuro “el Faro de faros” del continente.

Se trata de dos caminos distintos, opuestos, y sin embargo con las mismas ambiciones: conquistar el poder político y retenerlo a como dé lugar. Ambos confluyen inevitablemente en un populismo autoritario, de derecha o de izquierda.

El UNASUR

En el paralelismo que se está trazando es necesario verificar los efectos de las construcciones políticas. Con mucho viento a favor, la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) hizo un poco de historia, aunque fue más ruido que nueces. Estaba claro que los componentes de esa unión pensaban parecido, fueron representantes de una izquierda socialista sin llegar a presidir un régimen comunista, con excepción de Hugo Chávez por el nivel de autoritarismo.

El organismo surgió en 2008 con la firma del Tratado Constitutivo de Unasur, que entró en vigor en 2011, con el objetivo de “construir una identidad y ciudadanía suramericana y desarrollar un espacio regional integrado”. En su auge, llegó a estar compuesto por la mayoría de los estados soberanos de Sudamérica. La primera presidente pro tempore (un año) en 2008 fue Michelle Bachelet.

Como proyecto de integración regional aspiraba a construir de manera participativa y consensuada, un espacio de integración y unión en lo cultural, social, económico, político y comercial entre sus integrantes. Eran los primeros pasos de una integración mayor en la región, utilizando el diálogo político y las políticas sociales para tratar asuntos relativos a la educación, energía, infraestructura, financiación y medio ambiente entre otros. Se proponían eliminar la desigualdad socioeconómica, lograr la inclusión social, la participación ciudadana y fortalecer la democracia.

Aún con esos nobles preceptos, a los dos años de creada la UNASUR se eliminó la presidencia rotativa y se nombró secretario general a Néstor Kirchner, por dos años. Le duró poco, murió en octubre de 2010 y en su honor se inauguró una estatua inmensa en Ecuador, sede del organismo. Participaron desde sus inicios Argentina, Perú, Chile, Venezuela, Ecuador, Guyana, Surinam, Bolivia y Uruguay.

En abril de 2018, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Paraguay y Perú decidieron suspender su participación en el organismo por tiempo indefinido debido a la falta de “resultados concretos que garanticen el funcionamiento adecuado de la organización”. Ecuador se retiró en marzo de 2019 y Uruguay en marzo de 2020.

En diez años se hicieron varias “cumbres” que no tenían color sino el nombre del lugar donde se hacían. En ellas se propugnaba un enfoque pragmático para encontrar una convergencia con el Mercosur. Se trataba de hacer confluir las diversas identidades y encontrar la forma de dar impulso al comercio continental que contaba con un mercado de 300 millones de personas, al estilo de la Unión Europea.

Fue infructuoso. El intento quedó en la nada. América Latina es el único continente que no tiene mercado propio.

Para ponerle fin a la historia, Ecuador -sede de UNASUR- envió la estatua de Néstor Kirchner a Argentina durante el mandato de Alberto Fernández. No sabía qué hacer con ella.

La Cumbre Azul

La Cumbre Azul de Milei, por su parte, aspira a desplegar una “estrategia de articulación regional” para dar la batalla cultural en el continente y en Occidente. Hay cierto rechazo interno al color azul porque en los Estados Unidos los azules son demócratas, así es que, posiblemente, tendrá otro nombre.

En Casa Rosada descuentan la participación de los mandatarios de Chile, José Antonio Kast; Paraguay, Santiago Peña; Perú, Keiko Fujimori; Colombia, Abelardo de la Espriella; Panamá, José Raúl Mulino; Honduras, Nasry Asfura; Bolivia, Rodrigo Paz Pereira; Ecuador, Daniel Noboa; El Salvador, Nayib Bukele; y República Dominicana, Luis Abinader Corona. Podrían sumarse nuevos mandatarios que asumen este año y responden a la derecha.

Como era de esperarse, Milei quiere ser el “referente” del lado sur del continente americano. Todavía no se hizo ninguna reunión, pero la pretensión ya está sobre la mesa.

La orden del armado proviene directamente del presidente estadounidense Donald Trump.

¿Será más de lo mismo?

publicado en Parlamentario, 1/8/2026

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