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La politización perversa del kirchnerismo

Eduardo Fidanza

Un ex funcionario técnico del Ministerio de Economía recuerda con dolor el día en que Néstor Kirchner le pidió la renuncia a Roberto Lavagna, justificando su decisión con una frase punzante, que anticipaba el concepto de administración que regiría en adelante. Según este testimonio, el entonces presidente le dijo a quien se convertiría en pocas horas en su ex ministro: «Mirá, hasta acá vos y yo cogobernamos; yo asumí la presidencia con más desempleados que votos. La mitad de esos votos me los diste vos. Bueno, ahora se acabó el cogobierno y el ministro soy yo».

El relato del ex funcionario ubica, con precisión, los dilemas que se le planteaban en ese momento al equipo económico y que eran motivo de debate con la dirección política: ¿es posible seguir creciendo a «tasas chinas» o intentar hacerlo generará desequilibrios crecientes que, a la larga, van a poner en jaque toda la política económica? ¿Es posible armar un fondo contracíclico para moderar el gasto interno y ahorrar los excedentes para períodos de vacas flacas? El funcionario recuerda que Lavagna logró convencer a Kirchner sobre la conveniencia de un fondo para tiempos de crisis. Sin embargo, poco después, cuando ganó las primeras elecciones legislativas, desechó la idea y decidió desprenderse de su ministro.

El resto del testimonio oscila entre la impotencia y la perplejidad. Lavagna les había pedido a algunos de sus técnicos que permanecieran en la función para intentar salvar algo del programa macroeconómico. El ex funcionario aceptó, aunque sabía que «la batalla estaba perdida». Fue infructuoso hacerle entender a la nueva ministra de Economía las acechanzas de la inflación, recuerda. Pero su límite fue cuando conoció a Guillermo Moreno. «Ese día me dije: hasta aquí llegó mi patriotismo, yo me tengo que ir porque no había ninguna posibilidad de que alguien con un mínimo de conocimiento técnico pudiese convivir con la determinación de los políticos de maximizar el presente y desatender el futuro. Después quedaron rodeados de ignorantes, fanáticos y oportunistas, una combinación letal, que es la que abonó la mala praxis.»

Éste no es un testimonio novedoso, sino uno lúcido y emblemático. Debe ser sumado a otros que se van conociendo, a medida que el kirchnerismo concluye su ciclo vital y genera la necesidad de catarsis y de explicaciones para sus abusos. El «Kirchner quiere tu cabeza», que le comunicaron en enero de 2007 a Graciela Bevacqua, según el informe sobre el Indec que publicó este diario, es otra muestra dramática, entre tantas, del modo en que el kirchnerismo persiguió y desplazó a los cuerpos técnicos de la administración pública cada vez que ellos emitieron dictámenes contradictorios con sus intereses. La creación de una ONG de funcionarios acosados es un síntoma del alcance de estas prácticas durante la última década. Que se sepa, no hay en el país antecedentes de un caso así en democracia.

Aunque el problema parezca tan contemporáneo y tan argentino, no es en absoluto novedoso. El conflicto entre el poder político y los cuadros administrativos se inscribe en una antigua saga que arranca en la Grecia clásica, pasa por Max Weber y su época, hasta desembocar en la actualidad. Es la lucha entre el saber técnico y la voluntad política, dos esferas que, aunque se solapan en la práctica, responden a principios contradictorios. Para decirlo de modo estilizado: la ciencia se rige por la verdad, la política por el poder. El liberalismo político y su retoño, el Estado de Bienestar, creyeron posible mediar en esta batalla y por momentos lo lograron. La pax consiste en que la ciencia provea diagnósticos fiables para que el poder diseñe políticas adecuadas.

Sin embargo, se han señalado dos deformaciones de este modelo. Una, que suele atribuírsele a la derecha, es que la ciencia se convierta en mera ideología instrumental, reemplazando a la política por la gerencia; la otra, que huele a izquierda y a populismo, es que el poder ponga a la ciencia y a la técnica al servicio de sus intereses.

En medio de este tembladeral, el kirchnerismo incurre en una estafa intelectual y en una conducta equívoca. Sucede que los críticos del neoliberalismo, que son muchos y competentes, han hecho en los últimos años una defensa de los valores éticos de la burocracia estatal, revitalizando el legado weberiano. En este sentido, es instructivo leer En elogio de la burocracia, de Paul du Gay. Esta corriente afirma la centralidad del Estado, pero, por eso mismo hace una salvedad fundamental: debe preservarse el ethos del funcionario, cuya clave de bóveda es la práctica honesta y autónoma de su profesión.

El kirchnerismo se vanaglorió de politizar la sociedad. Al cabo de una larga década, no hay evidencias, más allá de casos circunscriptos, de que lo haya logrado. En cambio, llueven los testimonios de una politización perversa: la de los cuadros administrativos del Estado, al que se ensalza en la retórica, mientras se lo debilita en los hechos, persiguiendo y desplazando a sus artífices más calificados.

publicado en La Nación, 25/04/2015

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