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Todavía tenemos que pensar en los temas que nos preocupan

Alejandro Katz

Entre la pura, descarnada disputa de poder y el elogio de la gestión municipal: en eso está la política argentina, al cabo de diez años de oír al kirchnerismo celebrar el retorno de lo político.

En efecto, las principales elecciones del país, esas que en la provincia de Buenos Aires hacen la diferencia entre quienes ganan y quienes pierden, pusieron en escena a dos hijos del kirchnerismo que, aun enfrentados, podrían perfectamente haber intercambiado sus lugares en el reparto.

El único sentido claro del largo proceso electoral que tuvo en las primarias de ayer su primer hito es la firmeza del límite que la sociedad está dispuesta a poner al Gobierno.

No es un objetivo menor, sin duda, sino incluso fundamental para la supervivencia de la democracia. Pero que a treinta años del fin de la dictadura, y a diez años de la llegada del kirchnerismo al poder, sea eso lo que está en juego en una elección legislativa es un indicio de la degradación de nuestra vida pública.

Como lo es, también, que las campañas de los principales candidatos incitaran a escoger entre «emociones» y «obras», entre la capacidad de resistencia a la enfermedad y la cantidad de cloacas, entre las respectivas dosis de lealtad, de fe y de cámaras de seguridad.

En una democracia fuerte no es tarea de los ciudadanos, sino de la Constitución y de las leyes, limitar las insaciables ansias de poder de los gobernantes. En una democracia fuerte, la «capacidad de gestión» no es un mérito, sino una condición sin la cual no es posible aspirar a ejercer funciones de gobierno.

La insistencia en la «gestión» de los intendentes en disputa hace pensar en el director de un hospital que se jactara de que los quirófanos son estériles o en un ingeniero que se vanagloriara de que los edificios que construye no se derrumban.

No son ésas las tareas que se esperan del político, ni éstas las disputas que se necesitan de la política. Una elección -y particularmente una elección legislativa- es el tiempo de la deliberación, es decir, el tiempo de las ideas. El tiempo de establecer cuál es «la importancia de lo que nos preocupa», según la expresión de Harry Frankfurt.

El momento en el que las personas deben desaparecer detrás de su capacidad para plantear los problemas que habremos de enfrentar de aquí a una década, y que las leyes, esas que deberán llevar al Parlamento, deberán contribuir a resolver.

Ninguno de esos problemas -de los cambios en la educación a la ocupación territorial, del lugar del conocimiento y de la técnica a la creación de riqueza y los modos de su distribución, del financiamiento de los jubilados a los problemas ambientales y urbanos, de la geopolítica a la cultura- ninguno de ellos ha estado presente en estas elecciones. Sólo queda, detrás de los resultados, una disputa de poder y de cloacas..

publicado en La Nación, 12/08/2013

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