Lecturas sugeridas
Vamos por todo o la suma del poder público
Liliana De Riz
La Presidenta confesó “vamos por todo” y en nombre del pueblo lo quiere todo, sin disidencias, desviaciones ni divisiones. No es extraño entonces que busque perpetuarse en el poder . Semejante ambición es propia de la convicción que la sostiene: ella encarna la patria que su marido nos devolvió . Pero la reelección parece insuficiente para cumplir esos designios y se la quiere acompañada por una reforma de la Constitución que también deje atrás la matriz liberal de 1853 y se adecue a la nueva realidad del poder surgida de los gobiernos Kirchner.
Sabemos que ese proyecto de reforma no será liberal porque a sus partidarios les importa el poder, pero no la limitación y control del poder . No será republicano, porque desdeñan la división de poderes y las instituciones públicas autónomas . Tampoco será federal. Un poder personal, arbitrario y discrecional es la negación de un Estado constitucional.
Las próximas elecciones legislativas son un paso clave hacia el logro de la meta presidencial, pero también una oportunidad de ponerle un freno. A ellas nos acercamos con una sociedad cada vez más dividida a instancias de un poder que azuza enfrentamientos y dispone para ello de un poderoso aparato de propaganda política. Impermeable al pluralismo y beneficiario de la polarización que generan sus iniciativas, el oficialismo logra determinar el “clima” imperante en cada coyuntura. Sin embargo, cualquiera que no tenga las anteojeras de una ideología arcaica o que no esté cegado por la defensa de intereses particulares , puede apreciar que muchas de esas iniciativas son una fuga hacia adelante para eludir problemas acumulados por una gestión que prefiere ignorarlos falseando estadísticas en el INDEC o encubrirlos con la estatización de una empresa fantasma de propietarios anónimos y corruptos.
Una gestión ocupada por el corto plazo y carente de un programa de futuro no ha sabido ofrecer bases para un desarrollo económico más sólido, ni dar respuesta a la desigualdad que enfrenta la ostentosa opulencia de una elite de privilegio con la austera y sufrida vida cotidiana de la gente común. Con redes clientelares y reclutamiento de una nueva dirigencia de “militantes” que responden a la Presidencia y van ocupando las diversas áreas, comienza a cobrar forma un Estado que nada tiene que ver con un Estado moderno de funcionarios sometidos al imperio de la ley.
La lógica que lo inspira es la de un Estado patrimonial que administra bienes públicos según los designios de la Presidenta, revestido de una ideología que convierte el perpetuarse en el poder en una epopeya al servicio del pueblo. Esta es la inquietante coyuntura. Acaso la Presidenta se abrirá al diálogo, desterrará el odio de la política y limpiará su gobierno de la corrupción. Tiene el poder para hacerlo. Las ambigüedades de la política dejan margen a esta esperanza.
publicado en Clarín, 28/08/2012
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