En nuestros debates públicos, frecuentemente izquierda, progresismo y lo “nacional y popular” son usados como si fueran sinónimos. Aunque no son lo mismo, se mezclan muy seguido. Y en los últimos tiempos más todavía: es habitual que se los intercambie en el curso de una conversación, o el desarrollo de un argumento
Sobre todo, les suele suceder a quienes se identifican con los espacios supuestamente superpuestos a los que así se alude. Probablemente porque para ellos serían términos igualmente enfrentados con otro conjunto de supuestos sinónimos: derecha, reacción, conservadurismo, lo “antinacional y antipopular”.
Pero esto no es así para la mayor parte de la gente que, en cambio, se ubica en el espacio del centro a la derecha: muchos de ellos se consideran favorables al progreso, al cambio y contrarios a las actitudes que consideran retardatarias y reaccionarias, que identifican precisamente en la izquierda; y por supuesto, consideran que sus ideas son tan o más favorables a los intereses del “pueblo” y “la nación” que las de sus adversarios.
La cuestión nacional
De esto resulta una dificultad para el diálogo e incluso para la mínima tolerancia entre nuestras familias políticas en pugna. Lo que en particular es preocupante cuando se moviliza la “cuestión nacional”: porque tachar al contrario de “antinacional”, “vendepatria”, “cipayo”, etc., tiene una connotación mucho más lapidaria y excluyente que simplemente tildarlo de “reaccionario”, lo coloca fuera de la comunidad legítima, lo candidatea para ser purgado con todo entusiasmo, como si fuera un virus que nos ataca y nos enferma.
Se podría decir que esto es fruto de una “polarización en espejo”, porque son tantos los derechistas que hoy descalifican a las izquierdas, como los izquierdistas que hacen lo propio con la derecha. Y a la luz de los discursos del Presidente y sus secuaces hay que admitir que esta última queda, a este respecto, tan mal parada, o peor, que sus contrincantes.
Pero lo cierto es que en la conversación pública el lenguaje “antizurdos” que vienen intentando instalar los mileistas como sentido común de sus simpatizantes, y de la sociedad en general, parece haber penetrado en ellos, al menos hasta aquí, bastante menos de lo que esperaban. Y mucho menos de lo que, con la contracara, siguen consiguiendo sus adversarios.
Se pudo comprobar en estos días cuando ambos bandos quisieron usar la cuestión nacional en su provecho, pero uno salió mal parado y el otro victorioso: Milei asoció la supuesta “campaña antiargentina” al final del Mundial con el progresismo global e intelectuales y políticos woke, pero su argumento no movió el amperímetro, ni siquiera en las redes donde habitualmente más gravita su palabra, y tan es así que el tema pasó rápidamente al olvido; en cambio el kirchnerismo tildó de “vendepatria” el proyecto que habilitaba a los extranjeros a adquirir un mayor porcentaje mayor que el actual de tierras rurales, y logró una repercusión descomunal y lapidaria, por lo que el proyecto debió ser abandonado.
La maquinaria cultural
Seguramente en esto pesó que el peronismo sigue contando con una maquinaria cultural más potente que la del gobierno de turno. Una que dispone de muchas más conexiones en el mundo intelectual, académico, artístico, periodístico y demás esferas donde se hacen circular palabras, y se las convierte en sentido común. Y nuestro sentido común sigue siendo, en términos generales, más nacionalista que aperturista y globalista.
También pesó que a esa maquinaria cultural hoy en la oposición le pesa menos la historia. En el pasado, las derechas argentinas lograron convertir a sus enemigos de izquierda en “la antipatria”. Se recordará la eficacia que tuvo el peronismo de derecha en hacerlo, y luego la potencia aún mayor que esa descalificación adquirió en manos de la última dictadura.
Pero el terrible saldo que esa operación (incluyendo la original apelación paranoica a una “campaña antiargentina”) arrojó parece haber inhibido desde entonces los intentos de volver a las andadas en ese sector del espectro político. Incluso para actores que ganaron legitimidad en otros terrenos y con otras armas, como es el caso de Milei: salvando las cuestiones económicas, y en alguna medida las de seguridad y corrupción, donde tachar de irresponsable, fracasado e inmoral al adversario sigue siendo un recurso aceptable para casi todo el mundo, porque los fracasos al respecto efectivamente enchastran a todos, en lo demás los derechistas, desde la transición democrática hasta la actualidad, han debido cuidarse de no exagerar en sus descalificaciones; en particular con el recurso a excluir como “antinacionales” a sus enemigos, porque inmediatamente agitan el temor a que estén promoviendo una nueva purga sanguinaria. Algo de lo que sus pares de izquierda no han tenido que cuidarse, porque se pueden seguir presentando, aunque estrictamente no lo sean tanto, y haberlo sido no las disculpe de nada, como víctimas de aquella purga.
Pero probablemente lo decisivo es que el argumento nacionalista resulta bastante incómodo para la mayor parte de las derechas argentinas desde los años ochenta hasta la actualidad, dado que una de sus prioridades ha sido, debido a los traumas acumulados con la guerra de Malvinas, los sucesivos defaults y el declive de nuestro capitalismo, reconectar con el mundo occidental y desarrollado. Algo que en el caso del mileismo es aún más vital para su proyecto, así que se entiende su relación con los nacionalistas de derecha sea entre mala y horrible.
Así las cosas, es comprensible que el kirchnerismo y sus aliados de izquierda hayan echado mano en las recientes batallas legislativas al epíteto “vendepatrias”, hayan tildado de “cipayo” al gobierno, y se embanderen en la “causa Malvinas” para afirmar su supuesta superioridad moral frente a un proyecto que busca atraer capitales, llevarse bien con las democracias occidentales y cumplir los compromisos de deuda. Pero no es inocuo, ni para ellos ni para la democracia argentina. Su autoidentificación, y la del conjunto de las izquierdas argentinas, como expresión de lo “nacional y popular” (un término que había quedado en desuso con la transición democrática, y se puso de nuevo de moda, nada casualmente, recordemos, con la crisis del campo y la consecuente radicalización de los Kirchner), era ya problemática desde el comienzo, pero si pasa a ser el argumento central para movilizar sus apoyos y superar su identificación con la inflación, la corrupción y el atraso, va a contaminar aún más la escena política de intolerancia y enturbiar del todo la discusión de los temas que la política tiene que resolver.
publicado en TN, 13/8/2026
Recogemos los comentarios, críticos o favorables, que amplíen los conceptos y/o contribuyan a una discusión respetuosa. El CPA se reserva el derecho de no publicar aquellos que no satisfagan estas condiciones.
Todos los domingos de 14 a 15
por Radio Ciudad, AM 1110
Todos los domingos de 12 a 14
por Radio Ciudad, AM 1110
El nacionalismo progre en auge y los vicios antidemocráticos que sacó a la luz la campaña contra la Ley de Tierras
Marcos Novaro
TN, 13/8/2026
leer artículoIdeas para una alternativa: notas sobre el segundo encuentro radical
Jesús Rodríguez
Nuevos Papeles, 12/8/2026
leer artículoDeclaración del CPA – Necesitamos jueces idóneos
Buenos Aires 4 de junio de 2026
leer documento